Historias de una válvula: Dramillas (IV)

Cierro los ojos, los abro.

Nadie en la carballeira. Finales de verano, la luz de la media tarde, de un sol cuya línea ya desciende hacia el invierno, la luz que se filtra entre las hojas y dibuja diseños preciosos sobre el suelo parcheado de hierba. Patricia camina a mi lado, yo reflexiono. Tranquilo, o más bien resignado. A que las cosas son como son, y a que esa sensación de vulnerabilidadya no me va a abandonar. En que estoy enfermo, de algún modo que no soy capaz de acotar. Pienso en ello sin angustia, con una desafección matizada con una pena autocomplaciente. Una pena que se acumula, eléctrica. Patricia habla de la vida con una seguridad de mentira, como si no tuviera la misma edad que yo, y su tono, monocorde, pretende sonar convincente. Me gustaría creerla, vivir en sus palabras, un lugar mejor que no existe y del que yo me he movido para no volver nunca. Porque hay lugares a los que uno nunca vuelve, ni queriendo. Te acostumbrarás, con el tiempo, dice, y a mí esa afirmación me pone muy triste. Luego sigue hablando: de mi edad, de mi fortaleza física, del abstracto concepto de ‘los nervios’. Pero yo estoy muy lejos de allí, en otra parte. Froto mis dedos, acariciándome, como reflejo de la caricia de la brisa en los carballos. El aroma del verano, de aquel verano.

Luego, vuelvo.

Las otras Historias de una válvula.

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Un comentario en “Historias de una válvula: Dramillas (IV)

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