Historias de una válvula: Médico (II)

Cierro los ojos, los abro.

Una sala de espera pequeña, en una clínica que más que clínica parece piso patera: viejo, oscuro, en unas galerías de Santiago de Chile. El Dr Iglesias, que así se llama el cardiólogo, me recibe con su gordura tras una mesa enorme de madera. La bata blanca sobada y ademanes resueltos. Suspiro. Estoy aquí tras convencer a Patricia de que me acompañase. Mis padres no lo saben, los he dejado fuera de todo esto bajo el lema de “Si ellos no hacen nada, lo haré yo”. Le presento mi caso con el hándicap de la imprecisión, mientras le veo mirarme y tomar notas con asentimientos graves que me ponen más de los nervios. Luego,me hace pasar a una salita pequeña en donde una enfermera muy delgada me mide la tensión arterial. Le sigue un electrocardiograma. En tercer lugar, me conducen a una sala adyacente, oscura, con una cinta de correr en un rincón y una camilla, en la que me hacen tumbar. “Decúbito supino”, me dice, y cómo no sé de qué me habla, añade, “Como la maja de Goya”. En silencio, unta mi pecho con una crema transparente y hace una ecografía de mi corazón. Al terminar, dice que no necesita siquiera una prueba de esfuerzo o una analítica. En el despacho, arrastra un silencio incómodo hasta que carraspea y me explica que lo que me ocurre se llama prolapso de la válvula mitral. Su voz cambia, se ahueca en mi cabeza, que de pronto parece llena de aire. Y floto. El Dr Iglesias habla de válvulas, hace unos dibujos esquemáticos, le resta importancia a todo con un gesto que, con el tiempo lo aprenderé, es más bien desinterés. Una patología leve = pocas consultas = poco beneficio. Termina recetándome una pastilla, lo que persigo desde hace tres meses: Tenormin (atenolol), media por la mañana, con el desayuno. Me conmina a que vuelva dos meses más tarde. Y al salir, mientras Patricia habla de algo, me digo, “Resulta que sí tenía algo”. Afuera, acaba de llover y el asfalto brilla. Entre el tráfico colosal de Santiago de Chile en una tarde cualquiera, floto. Sin acabar de creerme que, efectivamente, había algo en mi corazón. Y que estoy, en fin, enfermo.

Las otras Historias de una válvula.

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Un comentario en “Historias de una válvula: Médico (II)

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