Mi amigo Ramiro

A mi amigo Ramiro, nacido en un pueblo fronterizo de Ourense con Zamora llamado A Mezquita, le conocí en Salamanca, a donde había emigrado a principios de los setenta. Al contrario que muchos compatriotas suyos, míos, que prefirieron hacerse las Alemanias o buscarse la vida en Barcelona, Ramiro se casó con una charra que le volvió loco mientras hacía la mili en Valladolid, y pensó que lo mejor era no apartarla de su tierra. Y como buen gallego, montó un bar en el barrio del Oeste, un bar de esos en donde las botellas de Chivas y Cacique acumulaban tanto polvo como los parroquianos sobre sus hombros. A mí, tantos años más tarde, el bar me pareció hortera, rancio, pero Ramiro lo cuidaba con devoción santa, y conocía a todos sus clientes por el nombre, sabía qué bebían dependiendo de la hora del día en que pisaran el bar o de su estado de ánimo, y aunque era brusco con ellos, a la manera en que lo eran los hombres nacidos en aquel tiempo, sus palabras desprendían un cariño enternecedor.

A mi amigo Ramiro, como decía, le conocí en Salamanca, en donde viví durante unos meses por avatares de la vida, precisamente cuando entré en su bar. Sin ser uno de sus parroquianos, mi llegada provocó alzamiento de cejas y miradas trituradoras que aparentaban indiferencia. Supongo que un cierto escepticismo recorrió el local. Yo tenía la lección aprendida, había vivido la misma situación en varios pueblos de Barcelona, también en el barrio de San Pedro en Compostela y en antros de Os Castros, en Coruña, en donde Cañita Brava leía los periódicos esperando a que alguien le invitase a un café. Así que no me sorprendí con la tensión que se mascó en el aire, toda vez que yo acarreaba mi propia dosis de intensidad conmigo. Ramiro, tras sus pobladas cejas canas y su cara gorda y loira, terminó de limpiar un vaso con el paño, con parsimonia de cine, y alzó levemente la barbilla, preguntando. ¿Qué va a ser?, con su acento de gallego del este. Fronterizo, duro. Ponme una caña, dije yo. Supo de inmediato que era paisano. E logo de onde?, quiso saber. Do lado de Vigo, de Panxón. Hmm, asintió, empezando a tirar la cerveza. Desde entonces, Ramiro habló conmigo siempre en gallego. Tras décadas viviendo rodeado de castellanos, creo que dejaba fluir conmigo una forma soslayada de morriña.

A mi amigo Ramiro, le costó menos de una semana considerarme un habitual, un parroquiano. Pues su bar, al que había llamado El Orensano en un alarde de originalidad, se ubicaba al pie del pequeño estudio que había arrendado, y pasó a formar parte de mi nueva cotidianidad a una velocidad asombrosa. Una querencia espiritual, supongo, pues mi vida en Salamanca era completamente anómala, se salía de mi orden como un cohete de la atmósfera. Puro caos. No hay por dónde coger esto, pensaba a veces, echándome a reír solo como un histérico. Empecé a desayunar en el bar de Ramiro, un café quemado que me sabía al que hacía mi abuela, con un cruasán tóxico que no me importaba comer, pues para toxicidades las mías. Echaba un vistazo al MARCA, y también a La Gaceta de Salamanca, en ambos casos, periódicos llenos de noticias insulsas y que me importaban un pepino, pero cuya lectura me arrancaba de mí mismo, de la hiperbalada en que vivía por entonces. Y como esas noticias, también el movimiento animal del bar me tranquilizaba: taburetes que se movían bruscamente sobre la baldosa del suelo; el borboteo resacoso de la máquina de café; el constante clin clin de las tazas, de las copas de caña; los carraspeos y murmurios de los parroquianos; vendedores que iban y venían con sus uniformes; la impertérrita cisterna del váter, recibiendo orines y demás calamidades. En El Orensano pasaba parte de la mañana, haciendo tiempo, y a mediodía salía del bar de Ramiro y me iba a pasear por Salamanca, mientras Jara continuaba en clase. Porque Jara, por cierto, era el único motivo que me había llevado a Salamanca, una ciudad que había visitado un par de veces sin pena ni gloria, en mi ya lejana juventud, pero que de pronto había cobrado un significado nuevo y brutal a causa de ella, de Jara. El estudio que había arrendado contaba con cocina, pero la verdad es que al volver de mis paseos, solía meterme a comer en el bar de Ramiro. Mis ahorros nórdicos me permitían esos excesos. Además, sus platos me recordaban vagamente a Galicia, a pesar de que con el paso de los años sus recetas habían ido contaminándose de Castilla.

A mi amigo Ramiro, que jamás me preguntó qué me había llevado a Salamanca, ni a al barrio del Oeste, le gustaba verme devorar los platos que pertenecían a mi infancia. Como si fuese un hijo que durante años hubiese estado emigrado en un lugar a donde ni siquiera llegase la nostalgia. Al terminar, salía afuera a fumarme un pitillo, y él se unía durante un par de minutos, apoyado en la pared de la entrada. Aunque Ramiro había dejado de fumar veinte años antes, se atrevía a darle un par de caladas, mientras los dos observábamos en silencio, sin cruzar palabra, el modo en que el sol implacable rugía sobre el asfalto. Tras el pitillo, me despedía de él con un Chao indiferente, y caminaba hacia la facultad a buscar a Jara. Lo hacía con cuidado de no tropezarme con sus padres, que sabían que yo estaba en la ciudad, y les gustaba mi presencia casi tanto como el hecho de haber dejado embarazada a su hija. Propenso a los líos, el de Jara y su embarazo fue el más delicioso de todos ellos, y aunque había tenido consecuencias devastadoras en la vida de ambos, no era sino amor lo que lo había provocado. Y Jara creía que nada malo debía haber en algo nacido del amor. Evitábamos la luz colándonos en las sombras, yo la agarraba del brazo, como para no dejarla ir, y así, bien pegados, caminábamos hacia el estudio. La miraba de reojo, la forma en que su piel brillaba, la manera en que cada día que pasaba estaba más bella, la ampliada sonrisa y esas arrugas de su boca cada vez más profundas. Nunca le dije que ansiaba verla con el pelo cano, pensé que se reiría de mí. Estaba bonita a medida que su barriga crecía, aunque su ropa suelta le permitiera seguir disimulando unos meses más. Cuando llegábamos al portal, a mí me daban ganas de subirla en brazos, y eso sí se lo decía, solo por hacerla reír. Le preguntaba siempre si había comido, y Jara me respondía que sí. Luego, la veía tumbarse sobre la cama, y hacíamos el amor, muy despacio, tranquilos, con cuidado, yo acariciaba su barriga y la penetraba y me abrazaba a ella, asustado, de nuevo, de que fuera a marcharse. Después, me sentaba desnudo al borde de la ventana y la veía dormirse. Sumida en sueños, a veces hablaba, o masticaba algún bocado imaginario, con la boca entreabierta y el pelo derramado sobre su cabeza. Y la escena me llenaba de una dulzura tan dolorosa que sentía ganas de llorar y olvidar cualquier otra incomodidad miserable que quisiera instalarse en mi vida. Etcétera.

A mi amigo Ramiro, nunca le conté nada de esto. Después de cada tarde que pasábamos juntos, Jara se marchaba a casa con una sonrisa más torcida, que para mí era como un llanto. Quizá sin remedio, regresaba a casa de sus padres, en donde la esperaba la enésima discusión familiar. Sus padres, que todavía no eran capaces de aceptar que continuase con un embarazo a sus veintiún años. Supongo que les comprendía y detestaba al mismo tiempo. A Jara, yo le decía con delicadeza que no tenía por qué ser así, que podía quedarse conmigo. Pero eran sus padres, y les necesitaba dentro de todo lo que le estaba ocurriendo. Así que me quedaba solo mientras caía la noche y el cielo se teñía. Incapaz de soportar la atmósfera triste del estudio, bajaba de nuevo al bar de Ramiro, en donde el paisaje apenas se había modificado  y media docena de alcohólicos pendían hacia sus vasos como gárgolas de catedral: colgando pero jamás caídas. Mi mirada les veía bebiendo cervezas ya calientes o copas de Cointreau o de whisky con coca-cola, sus ojos vidrio rojo, y me entraba frío. Sentado en un taburete y apoyado en la barra, disimulaba ser uno de ellos, pero pedía una cerveza. Y luego otra, y otra más. La tercera me abotargaba un poco los sentidos, y disolvía la bola de plomo que habitaba mi pecho cada vez que Jara se iba y un pequeño yo, al fondo de mi mente, comenzaba a berrear que no volvería jamás. Antes de terminar la última cerveza, le pedía a Ramiro que me preparase un bocadillo de algo, de calamares, de lomo, de bacon con queso o jamón serrano. Para llevar. Y él lo hacía con cuidado, tostando el pan, lo envolvía con papel de aluminio y lo metía dentro de una bolsa de plástico casi transparente. Alrededor, pies de hombres tristes pisando cáscaras de cacahuete. Un poco de vapor cubría las paredes, el fútbol en el televisor y sus comentarios absurdos, o algún cantautor perdido en canales locales, susurrando acerca de cosas no superadas o pitillos o guitarras o sueños destrozados. Y todo eso me convencía de que lo mejor era huir cuanto antes de allí, de ese bar; y de Salamanca. Pero Jara.

A mi amigo Ramiro, estoy convencido de que siempre le pareció que había una Jara. Y ojalá me hubiese confesado con él, porque se lo merecía, se merecía que se lo contase todo, y yo me merecía verle bajar la mirada, incómodo y quizá buscando en su vida reflejos con la mía. Pero nunca lo hice. El pobre de Ramiro me daba la bolsa con el bocadillo, y tras soltarme un tímido Boas noites, subía al estudio, en donde mordisqueaba sin ganas el bocadillo, mirando de nuevo por la ventana. Afuera, el barrio moría: tiendas cerradas, alguna hoja de periódico perdida y agitada por la brisa, farolas que parpadeaban, pasos furtivos en los portales, el llanto de algún niño que no se quería dormir. Comiendo, el efecto de las cervezas se iba diluyendo e iba cayendo en un estado depresivo, preguntándome por qué Jara estaba sola en casa de sus padres, mordiéndose un labio, en lugar de permanecer a mi lado. Y un sudor frío recorría mi frente mientras esperaba: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo. Vuelta a empezar. Nunca encendía la televisión, ni la radio. Tampoco leía. Solamente miraba por la ventana, miraba el modo en que la madrugada avanzaba, hasta que el cansancio de no hacer nada me arrasaba y caía en la cama todavía deshecha. En sueños, olía a Jara embarazada. Olía al ser que venía de camino.

A mi amigo Ramiro, creo que jamás llegó a importarle que un día, simplemente, no volviese al bar. Aquel verano llegó finalmente a mediados de junio, cuando Jara hizo su último examen, recogió sus cosas, y ambos nos fuimos de Salamanca. No para siempre, pero sí durante un tiempo. Ocurrió en una bella noche de verano, cuando El orensano ya había cerrado, de modo que, en realidad, jamás pude despedirme de Ramiro. No importa, los amigos no nos tenemos esas cosas en cuenta. Al día siguiente, seguro que el pobre de Ramiro pensó que lo que hubiera venido a hacer a Salamanca estaba ya hecho. Y que, como las almas errantes que en el fondo todos somos, había recogido mis cosas para irme a otra parte. Quizá ese día observó con melancolía al resto de sus parroquianos, su familia, pero a buen seguro que no tardó mucho más en sumergirse de nuevo en su sencillo paisaje vital, uno perfectamente diseñado en donde los engranajes se movían con suavidad. Para Jara y para mí, en cambio, comenzaba el proceso de encontrar un lugar que fuese nuestro, y que tardaríamos en encontrar, pues los paisajes vitales nunca son lo que parecen ni presentan un aspecto reconocible. Se encuentran por intuición, por asombro.

A mi amigo Ramiro, como a todos los buenos amigos, especialmente a los que no sabemos que lo son, le eché mucho de menos. También a aquel barrio, y a aquel estudio. Incluso a Salamanca la eché de menos. Pero lo hice un poco de mentira. Pues, en realidad, me encontraba muy lejos, esperando a que Jara floreciese, y sus pétalos cayesen sobre mi cara de hombre asombrado.

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