Murray y la vida

De alguna forma, Cómo ser Bill Murray (que, aclaro, no es un manual de autoayuda), me recuerda la aquella extraña película, Cómo ser John Malkovich. Ambas comparten un bizarrismo difícilmente superable, aunque la película es ficción, mientras que en Cómo ser Bill Murray, lo que Gavin Edwards nos cuenta es la misma realidad. La identidad de Bill Murray, expuesta, resulta de una honestidad asombrosa. Un tipo estrambótico e imprevisible, y bueno.

Mi objetividad murió: adoro a Bill Murray desde que le vi en Lost in translation, una de sus cintas más famosas. Aunque, en realidad, yo y casi todos los de mi generación le descubrieron en Cazafantasmas. Su carrera como actor, dividida en dos partes cuya frontera marca precisamente la película de Sofía Coppola, resulta igual de extraña que su personalidad, y aunque Bill Murray está sublime en muchas de ellas, especialmente en Flores rotas, de Jim Jarmush, es su personaje en Lost in translation el que sigue disparando mi espíritu (SPOILER): ese beso final permanece en mi memoria, sobre mi piel, como lo más parecido a la justicia cósmica que haya conocido.

Cómo ser Bill Murray llegó a mis manos en las pasadas navidades. De la mano de Blackie Books, Gavin Edwards se embarca en la vida de Murray, desgranando no solo su filmografía, sino un largo anecdotario sobre su vida y todo lo que esta contiene, que no es poco. Resulta insuperable el decálogo vital del actor, que ocupa la primera parte del libro, y que además de ser bizarro e inspirador, conmueve.

  1. Los objetos son oportunidades.
  2. La sorpresa es oro.
  3. Invítate tú a la fiesta.
  4. Asegúrate de que todos los demás estén invitados a la fiesta.
  5. La música une a la gente (mi preferida).
  6. Se generoso con el mundo.
  7. Insiste, insiste, insiste.
  8. Conoce tus placeres y sus parámetros.
  9. Tu espíritu seguirá a tu cuerpo.
  10. Mientras la Tierra siga dando vueltas haz algo útil.

Estos principios podrían tomarse de forma literal, o como pura metáfora. Funcionan de igual forma. Y a pesar de la falta de gracia de la prosa de Edwards (sosa, sosa), que podría sacar mucha más lírica de la vida de Bill Murray, lo cierto es que las peculiaridades del actor se bastan por sí solas para impulsar nuestro asombro. Tachonan la narración, además, declaraciones del propio Murray, que aderezan su cosmovisión personal convirtiéndola en colectiva: “Oye, que tener un plan tampoco es tan interesante”.

Existen en el mundo personas radicalmente diferentes, como envueltas por un halo peculiar y excepcional. Se salen de la norma, y ante algo así a uno no le queda más remedio que asentir con incredulidad, y agradecer. El mundo sería un poquito más aburrido y pobre sin personas así, como Bill Murray, capaz de acercarse a ti en medio de la calle y comerse las patatas fritas de tu bolsa sin preguntar, para a continuación, añadir: “Nadie te va a creer”.

Ciertamente, hay cosas increíbles en la vida. “¿Y qué siento yo al ser yo? -añadió-. Pregúntate qué sientes tú al ser tú. La única manera de saber qué sientes al ser tú es esforzarte al máximo por ser tú, tan a menudo como puedas, sin dejar de recordarte que ahí está tu hogar”.

Y si lo dice Bill, no puede ser mentira.

 

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Un comentario en “Murray y la vida

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