Crepitar

Crepita la olla en la cocina. Estás haciendo sopas de ajo, y ese aroma tan peculiar impregna el aire y se pega a los cristales de las ventanas, por donde entra el sol de una mañana de sábado, ya primavera. Afuera, es Reykjavík, es Buenos Aires, es Carnota, es Ciudad del Cabo, es Salamanca, es cualquier lugar. Los niños trastean en su habitación, discutiendo de alguna trascendental temática infantil. Un rumor medio histérico que comanda Bára, la mayor, y que los mellizos siguen a pies puntillas. El carisma del hermano mayor. Escuchoel ruidito que haces con el tenedor de madera en el borde de la olla, acabas de revolverla. Le doy un sorbo al té rojo y suspiro, me paso la mano por el pelo corto, luego por la barba llena de canas, y me muerdo un labio, ese tic que permanece desde el día que te conocí. Con un movimiento de tunante bereber, de Aladín sin disfraz, extiendo la esterilla en el aire, sobre el salón vacío. Siempre nos ha gustado tenerlo así, como un espacio abierto en donde cabe todo, un lugar en donde los niños pueden jugar sin esquinas ni muebles, solo con su imaginación y sin límites, la potencialidad de una hoja en blanco. Llevo puestas mis mallas de yoga, y una camiseta de asas vieja que vive conmigo desde hace tanto. En la baranda del balcón se ha posado un mirlo, con su ojo delineado a lo estrella de glam-rock. Le guiño un ojo, recordando aquel cuento, luego le veo irse y me arrodillo sobre la esterilla, saludando al infinito lugar a donde voy cuando yogueo. Desisto de poner música de yoga. Cuando los niños la escuchan, corren hacia mí e intentan enseñarme la forma correcta del yoga, el que ellos llaman yoga de la risa. Feliz batalla perdida, la mía, mientras suelto un ohm pequeñito, casi acobardado, y te escucho sonreír desde la cocina, sé que ya estás soltando el tenedor, y que te deslizas sobre el parqué intentando el silencio, con tus calcetines desiguales. Luego te asomas a la habitación de los niños, que barruntan alguna historia fantástica sobre dragones y hombres y mujeres empoderados compartiendo, hombro con hombro, su lucha contra el maligno. En qué preciosa burbuja viven, pienso mientras me inclino hacia delante y abriendo las rodillas dobladas, extiendo mi espalda y mis brazos, notando el suspiro de paz en mis vértebras. Apoyo la frente en la esterilla, que tras tantos años de mi piel huele a mí y no al plástico del que está hecha. Intentas que no te escuche, pero mis oídos son tuyos desde hace años. Papá está haciendo yoga, susurras, y el barrunto de esos tres lobos se detiene un segundo, el que tarda Bára en llamar la atención de sus hermanos pequeños. No pasan ni diez segundos antes que se asomen por un lateral del salón, yo no puedo verlos pero los escucho, se acercan como ladrones de cuento, de puntillas tras sus ojos verdes y marrones, espesas matas de pelo negro, aparentemente frágiles en sus cuerpecillos de niño, almas fuertes y ávidas, vividores natos de un presente infinito. Glósoli, susurro, y te escucho, Jara, apoyarte en la pared y contemplar a esos cazadores de una presa que soy yo, su padre. Nacieron de ti, iluminando un amanecer extraño. A saber cómo ocurrió todo. De forma natural, eso seguro, ¿acaso hay otra manera?. ¿No querréis hacer yoga, no, niños?, pregunto, y el estallido de risas y gritos, ellos cayendo hacia mí. Bára me busca las cosquillas en las axilas, tirándome más bien de los pelos; Xoel trata de bajarme las mallas; Nerea me muerde el pelo de la cabeza. Y yo que me revuelvo con cuidado de no hacerles daño con mi cuerpo de niño encerrado en adulto. Les agarro de los tobillos, a los tres al mismo tiempo, y tiro de ellos por el parqué, mientras les veo girarse y tratar de agarrarse al suelo liso, histéricos eufóricos, y tú, Jara, con tu sonrisa de arrugas en la cara, mirándolo todo tras esos ojos también morochos, como los míos, brillantes y preciosos, tan grandes, tú que te mantienes ahí envolviéndote en ternura, envolviéndote en un estremecimiento, el que te causa verme jugar con ellos. Al fin, suelto los tobillos de los niños, que se levantan y recomponen la ropa, medio desnudos. Bára se me pega a las piernas, le acaricio el pelo de la cabeza mientras los mellizos recuperan el aliento. Me pongo de cuclillas, y les digo, Mamá también quiere jugar, y entonces echan a correr hacia ti, que sueltas un grito ridículo y tratas de escapar por la cocina. Es inútil, al otro lado te intercepto, entre el aroma de ajo, te cazo y te derribo al suelo, en donde ellos y yo te hacemos grandilocuentes ventosas en el vientre, ese mismo que los parió, ese mismo que me acogió.

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Un comentario en “Crepitar

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