Serie PERSONAJES: Pacheco

En este obituario en que se ha convertido la serie Personajes, me alegra presentar a mi primo Pacheco, que no se me sale nunca de la cabeza, pues las personas que te marcan permanecen contigo en tus días, como un tatuaje invisible. De esos que se tejen sobre la piel del corazón, a fuego.

Pacheco era el alma de mi familia. Creo que nadie se lo dijo nunca de esta forma, pero él lo sabía. Todos lo sabíamos. Su espíritu albergaba un carisma apenas perceptible pero que empujaba a los demás a lugares, creaba situaciones. Crecí con sus divertidas bromas machistas, sentado a su lado en la furgoneta de la pequeña empresa de construcción que poseía o agarrado a su cintura en su moto. Pacheco piropeaba y amaba a todas las mujeres, sin importar su aspecto, condición o edad. Todas eran merecedoras de su elogio. Siempre me avergonzaba cuando le veía hacerlo, y hoy son obvias las incongruencias y desastres de aquella actitud poderosa, dominante, rancia, machista. Pero eran otros tiempos, y todo lo que entonces resultaba aceptable resulta hoy inadmisible (afortunadamente).

Pacheco, un vividor nato, decía siempre que sí. Farrero y divertido, guasón, absolutamente dedicado, jamás perdió de trabajar, ni le faltó dinero ni ganas de quemarlo o de ayudar a alguien que se lo pidiese. También era un putero en el sentido más literal del término, un adicto al sexo que disfrutaba hundiendo su bigote poblado en los coños de las llamadas mujeres de mala vida, que probablemente insuflaban en él una energía vital, una pasión, que no podía encontrar en ninguna otra parte. Muy libre, casi cuatro años después de su muerte, continúa siendo un modelo para mí, tanto de lo bueno como de lo malo.

De Pacheco, me gustaría contar una anécdota deliciosa que ocurrió no mucho antes de su muerte, una de esas muertes inesperadas en que el fallecido se desvanece fugazmente en un par de días, intubado y abiertas sus vísceras al resto del mundo, dejando a su familia huérfana de alma y corazón, uno de esos vacíos imposibles de llenar y que palpitan al modo paradójico de las ausencias sustanciales. Ocurrió que ni yo ni mi hermano, ahijado de Pacheco, habíamos probado nunca la lamprea, un pescado que solamente se come en algunos lugares de Galicia y Francia, y que muchos rechazan por su aspecto de serpiente grotesca y porque se sirve hervida en su propia sangre. Al enterarse, Pacheco quiso solucionar el agravio e insistió en una salida de sábado al sur de Galicia. Aquel día de primavera, algunas nubes muy blancas filtraban la luz del sol, que se volvía plata, haciendo brillar el mundo. Entrecerraba los ojos en el coche, que conducía mi padre, a la sazón una especie de antítesis de Pacheco. Ambos se envidiaban mutuamente, pero creo que ninguno de ellos era consciente de ese juego de espejos. Al llegar al restaurante, un espacio hortera en el concello de Arbo, al lado norte de la Raia que separa Galicia de Portugal, el vino blanco empezó a correr aderezado por pan blanco y jamón serrano. Nuestros espíritus fueron incendiándose, mientras en los tanques de agua se agitaban las lampreas, todavía vivas, fósiles de otro tiempo que sobrevivían en la era humana. Del espacio entre barricas terminamos pasando al comedor: manteles de hule sobre las mesas, servilletas de papel plástico, cuadros de malísima calidad en la pared. La lamprea, presentada en una cazuela de barro y hervida en su propia sangre, una salsa dulce ocre , se acompañaba con arroz blanco, y era un plato delicioso. Las copas de vino corrían de mano en mano, y nosotros, cada vez más risueños y eufóricos y borrachos (a excepción de mi padre, que había aceptado el papel de conductor responsable). A la comida le siguieron unos postres extraños que me repugnaban pero comí con avidez ayudado por el fervor del alcohol. Todavía habían de llegar los licores, y animados por Pacheco, no paramos. Hablamos de fútbol, de prostitutas, hablamos de comidas familiares, de política. Yo hablé con franqueza sobre una relación recientemente rota, para incomodidad de mi padre, a lo cual Pacheco reaccionó con las sentencias habituales sobre la vida, y risas sobre el universo de posibilidades que se abría ante mí, aunque yo ya estaba comenzando una nueva relación (esa es otra historia). Mi hermano y yo, completamente borrachos, llevábamos las mejillas encendidas como luceros. Recuerdo tambalearme al ponerme en pie, y ver con ternura a Pacheco y mi padre repartiéndose la enorme cuenta entre risas y codazos, con la complicidad de primos hermanos que a pesar de todo nunca llegaron a perder. De nuevo en el coche, bajo la brillante luz, los tres borrachos nos dormimos al instante mientras mi padre conducía de vuelta a casa, también ligeramente perjudicado. De cruzarnos un control, la policía nos habría detenido, sin duda. Despertamos de la siesta a tiempo para que Pacheco instase a mi padre a parar en un bar de carretera que parecía lleno de prostitutas, y en donde le conocían como de toda la vida. Porque a Pacheco le conocían en todas partes, y a su funeral acudió tanta gente  que más que un currante, un obrero, parecía que quien se enterraba era un torero. Quiso que nos tomásemos la última copa, siempre hay quien te empuja a la última, quien quiere quemar las naves, y Pacheco era así. Esa es la lección más importante que aprendí de él, la de darlo todo, la de decir un te quiero a cada momento por si no hay más momentos, la de dar un beso por si no hay chance de dar uno más. Ya en caso, mi hermano se puso a jugar a las cartas con mi madre y mi abuela, mi padre se derrumbó angustiado sobre el sofá, para enfrentar una poco reparadora siesta, y yo paseé por la ribera del río, todavía atiborrado y sin embargo ya resacoso, sumiéndome con el atardecer en un estado depresivo al que siguió una noche dantesca (que también es otra historia).

Cuando Pacheco murió, conduje hacia el hospital de Pontevedra con mi padre en el asiento del acompañante, lacrimoso e incrédulo. Hay personas que uno nunca se espera que mueran. Conduje por las avenidas vacías y colmadas de la luz naranja de las farolas, y lloré mucho más tarde, al regresar del tanatorio, en la soledad de mi habitación, también incrédulo. Pero lo cierto es que siempre me ha costado sentirme triste por la muerte de Pacheco. Él no lo habría querido, y a mí no me sale, como si todavía estuviese aquí, entre nosotros. Sin embargo, sí derramé por él unas lágrimas en el lejano norte, meses después de su muerte, mientras conducía por la península de Snæfellsnes, camino de Ólafsvík. Sonaba Sigur Rós y María dormía. Abrumado por toda la belleza que me rodeaba, se me escaparon las lágrimas, que dejé correr mientras sonreía, pensando en lo feliz que habría estado Pacheco si me hubiese visto conduciendo por un lugar así.

Pacheco se merece una novela entera, no una mera entrada, pero por el momento este texto es el único homenaje que me sale para una figura capital en mi vida, y que recuerdo mucho hoy, camino de cuatro años de su muerte, al enfrentar la vida como a él le habría gustado: QUEMÁNDOLO TODO (con Amor).

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3 comentarios en “Serie PERSONAJES: Pacheco

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