La puerta de al lado es mi puerta

La intro de Californication, la serie de la que enamoré hace más de diez años, y que todavía no me aburre ni se me despega. He ahí la concatenación de imágenes: Moody tapándose la cara con una crítica literaria; Karen y Becca jugando en la playa; un avión dando marcha atrás en el cielo; las hojas de una novela arrastradas por el viento. Sí, abuso de filtros y un relato deslavazado. En muchos casos, tópico. Pillo los trucos de magia, yo mismo los he usado tantas veces…: bomba de humo que todo lo soluciona. Hank es ya un amigo, e incluso sin compartir con él nada más que un amor inventado por Bukowski, le quiero.

Últimamente, te diré, bailo mucho en mi estudio. Rodeado de dibujos, de libros y fotografías, de un espejo que odio y unos muebles ajenos. Dejo la cortina descorrida, sin miedo a que alguien pueda verme desde la calle, porque en realidad, me gustaría que alguien estuviese mirando. Mi íntima extravagancia expuesta. Mi vida secreta, vendida. Las aguas de una playa se retiran justo antes del tsunami, mostrando sus vísceras. Todavía no ha ocurrido. Puede pasar en cualquier momento.

¿Recuerdas mi cocina? En ella cortaste queso, calentaste jamón ibérico. Sobre el mesado permanecen inanes los restos de la cena: la cera del queso y su caja de cartón, una botella vacía de vino tinto francés, un aguacate casi podrido, y media docena de copas y vasos con nuestras huellas dactilares todavía impresas. Incluso el aire huele a palabras veladas. O a esos toquecitos descuidados que me dabas con el pie, como sin querer, bajo la mesa.

De mi amor por Hank Moody ni siquiera puedes sospechar. Apenas me conoces. La que empieza, es la quinta temporada, en la que Hank ya ha perdido fuelle, igual que la historia. Guionistas cobardes. Que un personaje cambie es la mayor mentira de la literatura, pues como reflejo de la vida, falla de base: no cambiamos, sino que nos acostumbramos, nos resignamos, cedemos. En pantalla, o en una novela, la maleabilidad de un personaje es puro endiosamiento. Tú tampoco sabes nada de eso, no tuve tiempo a contártelo.

Te vas mañana, pero ha dejado de importarme. En realidad, lo estoy deseando (no, en realidad, no). Afuera nieva, paladeo con gusto el crujido de la nieve bajo las botas de los fantasmas que pasean esta ciudad en tinieblas. Rezumo energía, pero no eres tú la responsable (en realidad, sí). No existe un hogar en mi pecho, pero la oscuridad me tranquiliza. Dame un día de luz, prístino, y podré morirme de nostalgia. Pero aquí, amiga, en el Reino Oscuro, me encuentro en mi hábitat: el tuerto rey de los ciegos.

No te has querido despedir de mí, esa es la puta verdad. Entiendo bien por qué. Que resuenen todas las gaitas de la tierra si no lo sé. Desconsiderada e infantil, le has dado a esta historia, a esta elegía, un final inadecuado. Aunque de finales poco puedo decir, ni mucho menos alardear. Siendo escritor, los escribo casi todos mal. O del revés.

Hace un rato que he cenado. Se me han adelantado los hábitos, pero siempre seré un nórdico de mentira. Como aquel vasco que cantaba que Ser Islandia fue un error. La cena podría parecer cutre: un poco de queso mal cortado (nunca he sabido hacerlo) y caballa en conserva. En realidad, para mí es una cena maravillosa aunque el aceite del pescado siga prendido en mi barba y la sal del queso revuelva mi estómago. Mañana tendré diarrea. Debería trabajar en alguna de las novelas de mi lista, o corregir los relatos con los que pierdo el tiempo desde hace años: Siempre hay algo más, Phi, Eba y el abismo de mí mismo, La chica de las uñas. Al periódico, le debo una reseña o dos. Por no hablar de todos esos libros que últimamente empiezo y dejo a medias. No porque no me enamoren, sino porque me enamoran todos. Al mismo tiempo. Quién podría…

Quizá contigo me haya pasado lo mismo.

Déjame jugar a adivino. Un poco de deus ex machina no puede hacerle daño al cuento. Porque lo cierto es que presiento tus golpes en la puerta. Hace ya unos días que te pedí que no timbrases. Nudillos en la puerta, como de otra época. Precisamente porque los he visto venir, ya me he levantado y estoy al otro lado de la puerta. Sé que eres tú, ¿quién si no? Aquí no me visita nadie. Te imagino antes de verte, para luego confirmar lo que mi cerebro esperaba: la trenca de niña, cerrada por el frío que incendia tus mejillas. Las gafas empañadas. Mi suspiro al verte se agarra a ti, que sonríes. Sigo pensando que te pareces a alguien. O que te conozco de otra parte, otro tiempo. Tus pantalones pitillo, muy negros, afilan tus piernas casi invisibles. Como el resto de muchachas de ahora. Sabes que te digo muchacha para molestarte, también porque eres mucho más joven que yo, aunque quizá no tanto como pueda parecer por mis palabras. Suficiente para que me parezca un abismo. Ese al que, de tanto en cuanto, me asomo.

Cómo cuesta digerir algunos momentos.

Ahí parada, con las manos en los bolsillos y los hombros alzados, me digo que ojalá no hubieses venido. Pero me encanta que lo hayas hecho. Buena jugada. La piel de algunos destinos es como un vestido mal ajustado. ¿En qué podría invertir mejor lo que queda de mis cien mil latidos?

Jamás nos habríamos besado de no ser por ti. Cobarde de formación y vocación, no habría dado el primer paso, asustado del vacío. Y porque a estas alturas me siento demasiado cansado para algunos bailes. La vida se quemó, como escribe el gran Vilas. Así que todo depende de que tú te acerques, de que saltes ese umbral de la puerta. Frente a mí, te pones de puntillas y me besas. Primero con los labios secos, apretados, luego con la boca abierta. Me resisto a abrir los ojos y mirarte besándome. Solamente te siento.

Nos merecimos ese beso.

Aunque durase solo un instante. Te apartas rápido, sonriéndome y pasándote la lengua por los labios, como si hubieras saboreado algo dulce y no a este pobre amargado. La luz del hall parpadea, mientras sueltas un Chao y echas a correr. Y yo, descalzo y con una camiseta cutre, mallas de correr y una chaqueta de punto que dice de mi edad más de lo que debería, me asomo y te llamo. En una película cualquiera no te detendrías, pero lo haces. Eres Bill sonriendo al ver por última vez a Scarlett. Y yo soy Scarlett, consternada y emocionada. Algunas escenas se repiten una y otra vez. En una película cualquiera, no te detendrías, pero lo haces, te giras y me miras, la cara envuelta en una nube de vaho.

Gracias.

Enarcas las cejas y preguntas por qué.

Por besarme, respondo. Y trato de sonreír. Yo, que dosifico mis sonrisas.

Chao, repites. Y sueltas un Sedentaria, nuestro estúpido insulto favorito, patria de vividores de sofás, de partículas elementales unidas por un breve instante. Luego, desapareces en la oscuridad.

Me quedo parado hasta que empiezo a tiritar, y asumo que la caída de los imperios es intrínseca a su existencia. Termino entrando. Adentro, el capítulo de Californication ya va mediado. Hank Moody suelta una gracia, me río. Le quiero por cosas como esas, así, leves y efímeras.

Contigo, sin embargo…

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Un comentario en “La puerta de al lado es mi puerta

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