Historias de una válvula: Parasitología

Cierro los ojos, los abro.

Es cuarto de carrera, llego a Santiago. Faltan dos días para el examen de Parasitología. En el parcial he rozado el nueve, y necesito ese sobresaliente. Para qué, no lo tengo muy claro. Quizá para alejarme de la idea de ser un estudiante mediocre. O quizá que la asignatura me ha emocionado y ha desterrado la sensación de que la carrera no es más que una pérdida de tiempo. Sea lo que sea, la ansiedad me come, como siempre. A estas alturas, ya me he ido acostumbrando a ella. Las taquicardias no se han reproducido en los últimos tres años, desde aquella primera vez, y sobrevivo los días bastante feliz. Hasta me atrevo a hacer deporte, sin pasar de las ciento treinta pulsaciones que recomienda el cardiólogo. Todo eso está muy bien, pero la ansiedad discurre por otros terrenos, y en época de exámenes, doblo la dosis de la pastilla, sin importarme lo que de ello pueda pensar el cardiólogo. Yo estoy dentro de mí mismo, no él. Domingo por la tarde, me apoyo en la ventana y contemplo el cielo despejado. Casi verano. Joan todavía tardará unas horas en llegar, y me voy notando extraño, alienado. Bebo un vaso de agua, y entonces, lo noto. No es una taquicardia, sino la sensación, casi palpable, de que mi corazón se ha desplazado al costado izquierdo, allí donde el bazo, y que desde esa nueva localización, late, llenando mi caja torácica de un sonido nuevo. Un latido, dos, tres. Ahí sigue. Clínicamente, una imposibilidad: el corazón no puede moverse fuera del exiguo espacio entre pulmones. De qué poco sirve la razón. Me tomo media pastilla, pero el latido continúa. De pronto, mi soledad me vuelve un ser vulnerable. Corroído por la ansiedad, noto que me ahogo y salgo a la calle. Llamo a Joan por teléfono, la voz trémula e intentando contar lo que siento. Pero ella no puede hacer nada para llegar antes, así que la llamada solamente sirve para angustiarla. Atravesado por el pánico, me doy cuenta que dos o tres horas de espera es un período de tiempo inasumible. El latido continúa desplazado al costado, y entonces me rebajo, y humillado, llamo a mis padres por teléfono. Apenas puedo hablar cuando responde la voz. Junto a la Rosaleda, una verja pintada de verde oscuro, rompo a llorar. Para cuando mis padres, asustados, llegan a Santiago, el latido desplazado se ha desvanecido. Como una broma cruel. La llorera disipó las capas más aparentes y exteriores de la ansiedad. En silencio, sin decir nada, vuelvo con mis padres a casa y me meto en cama, avergonzado y asustado. Bien instalado en un lugar en el que nadie me puede ayudar.

Las otras Historias de una válvula.

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Un comentario en “Historias de una válvula: Parasitología

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