El final que quiero imaginar

La promesa alargada en el tiempo, esa entidad relativa y llena de facetas; desde los besos de aquel verano que, súbitamente, fue invierno. Y ahí estoy yo, parado sobre las rocas del espigón de Landeyjahöfn, a la izquierda la terminal solitaria y muerta del ferry; ahí estoy, enfrentando el perfil de las Vestmanneyjar. La idea había sido encontrarnos aquí cuando tú estuvieses a punto de cumplir los cuarenta y yo todavía tuviese cincuenta, ese breve lapso que va de finales de enero a mediados de marzo, y en los que en lugar de once años, aparenta que solamente nos llevamos diez. La bella inocencia. Creo que ninguno de los dos podía, entonces, imaginarse un futuro tan lejano juntos, ni siquiera podíamos imaginarnos un futuro cercano, tal como eran las cosas. No, no podíamos imaginarnos nada de lo que he estado imaginándome todo este rato, saltando sobre las rocas. Tampoco podía imaginarme entonces que un día cumpliría cincuenta años, pero lo hice, y aquí estoy, contento de quemar los años y beber las estaciones. Debe ser así cómo ocurre. Me meto las manos en los bolsillos, vuelvo a mirar el perfil abrupto, violento, de las islas, eructo volcánico de la tierra, de esas fauces llenas de calor que a todos nos habrán de devorar. Así fue como ocurrió tu irrupción en mi vida, entre arena negra y el silbido gélido del viento. Sobre la playa, veo cómo intenta crecer la hierba, muy verde en su intento de destruir lo monocromo de la arena y las aguas acero, la espuma. Inermes a la oscuridad del invierno. Quizá les pasa como nos ocurrió a nosotros, que a pesar del frío y lo negro, florecimos. Desde entonces, el mundo ha cambiado tanto. Diecisiete años dan para mucho, pero no tanto como para que todo no sea básicamente lo mismo. El cielo gris come el mar. Supe que había algo diferente en ti, que me arrancarías de mi zona de confort, esa en que me había refugiado toda mi vida, y eso me aterraba, eso me destrozó, voló mi cabeza. Nunca una de mis intuiciones fue tan certera. Nunca quise tanto tener aspiraciones de permanecer contigo quince días, veinte meses, cincuenta años, y no me negué el optimismo, por una vez en la vida. Del espíritu se me desprendieron tantas pieles secas, gracias a tu vitalismo, a tu capacidad constante de superación, de sonreír, y a tu necesidad de búsqueda, que retroalimentó la mía, que por entonces iba languideciendo, conmigo mismo instalado cómodamente en el campo de los derrotados, de los incapaces, de los asustados. Y ahora, me veo aquí, disimulando que me pregunto si estarás esperándome en Heimaey. Disimulando que me pregunto si habrás enfermado, si habrás muerto, si todavía te estremeces al pensar en mí, igual que tú me estremeces todavía, disimulo que me pregunto si mi cuerpo arrugado, mi pelo cano, mi barba dura, te estremece todavía y te enciende como solía hacerlo, y si mi espíritu, en el que viste algo que yo no era capaz de percibir, sigue alimentándote de la forma que lo hacía. Qué cierto es que aunque arranqué la inseguridad de mí, gracias a ti, esta nunca ha dejado de seguirme, aún en la distancia, debilitada y exhausta, agonizante, pero siempre lista para un último zarpazo si yo bajaba las defensas y las ganas de batalla. Esa presencia lejana es la que me ha servido para no dejar nunca de crecer, ha sido mi tabla de salvación, el lugar que me asegura en el bastión de la ilusión. Yo, ser ilusionante, aprendí a ser yo mismo contigo a mi lado, dándome golpecitos en el hombro cada vez que mis pasos se confundían. A veces, me da por pensar que en realidad esa sombra no existe desde hace años, y que solamente la uso como figura mental para no despistarme. Uno, a veces, nunca sabe. Sigo imaginándome que ahora meteré el coche en el ferry, y que te buscaré por las calles vacías de unas islas que en invierno están desiertas. Saco las manos de los bolsillos un instante, soplo aire sobre ellas. A -5, vuelvo a meterlas rápido, observando cómo el viento, en su empuje invisible, levanta el agua de mar, la espuma, que acaba cayendo en mi cara y en las alas de las gaviotas, que se mantienen estáticas sobre mí, buscando un horizonte que está dentro de ellas mismas. Después de todo lo rememorado, del Kiki e Islandia, del café Berlín de Bruselas, de Gante, joder, Gante y París, después de Ortigueira y Salamanca, después de más Islandia y más Buenos Aires, después de África y después de Pirineos, de País Vasco, de los mil lugares que han pisado mis pies enredándose con los tuyos, después de las habitaciones de luz y de niños, de coches y tiendas de campaña, de maratonianas sesiones de abrazos, de chocolate, después de toda esa marea de sensaciones arrolladoras, después de esa reacción en cadena que iniciamos, me pregunto, disimulo que me pregunto, ¿estás ahí, esperándome, estás ahí, queriéndome todavía, estás ahí, la sonrisa tierna que me mira, estás ahí, tu cuerpo que me busca, estás ahí, mirándome con esos ojos, estás ahí, esperando a plantar la palma de tu mano en mi pecho? Me gusta disimular que pienso en que estamos todavía enganchados, vibrando como dos cuerdas, las de un instrumento inconmensurable. Yo, que siempre inventé finales de huida, finales sin compromiso, finales tristes o finales dramáticos, finales de mierda, abandoné la pluma y me negué a escribir un final así, contigo no quise escribir más finales que finales de ilusión, finales llenos de vida y de amor, y que se jodan todos los poetas malditos y la lluvia y las tardes grises en que uno desea morirse. Y ni siquiera hoy, que disimulo que me pregunto si estás ahí o no, me niego a escribir un final, a poner esas tres letras al fin de un texto, la f, la i, la n, primero labios juntos, luego el aire entre los dientes, luego los labios separados, alzados, me niego. Está entrándome frío, así que bajo de las piedras con un salto temerario, que hace quejarse a mis rodillas crujientes. Camino hacia el coche con los pies hundiéndose en la fina arena negra arrastrada por el viento y dibujando formas bellas. Disimulo que imagino mil historias que te han apartado de mí, pero todas resultan tan inverosímiles que me sonrío, que me echo a reír como siempre he hecho desde que te conozco, reírme de mí mismo y mi solemnidad. Disimular que me pregunto sobre mil historias que me han apartado de aquí resulta todavía más ridículo, así que ahora ya no solo me sonrío, sino que río con la boca abierta, y mi risa que se la lleve el viento y la reparta por el planeta. Hace tiempo que terminé con los finales que no me gustan, que corté mi reincidencia con el drama. Tú te merecías (y mereces) otra cosa, otra versión de mí mismo, la mejor, la que nadie podía esperar. Al lado del coche, me pego a la ventanilla y te veo, tapada con la manta y la boca entreabierta, el escaso pelo cano en tu melena maravillosa, las arrugas hundidas en tu boca, en tus ojos cerrados. Duermes tranquila, como un bebé, tras tantos años compartiendo los pasos conmigo. Nunca nos apartamos, esa es la verdad. Esta rememoración era un corolario de la maravilla, de lo inesperado, de lo insólito. Me derroté a mí mismo y te tendí lo único que poseía: mi alma y la voluntad de hacer con ella lo mejor. Y a pesar de que seguimos enredados, o quizá por ello, quisimos cumplir nuestra promesa, y aquí estamos. El ferry cruza ya el estrecho entre las islas y la Isla. Abro la puerta con cuidado y me meto dentro, te paso el dorso de mi mano por la mejilla, y tú entreabres un ojo, al verme sonríes, disimulando que sientes la travesura de haberte quedado dormida, tú, ser noctámbulo, y como tú sonríes, yo hago lo único que he podido hacer desde que te conozco, sonreír, mientras me acerco a ti y te beso en la mejilla. Por qué me dejaste dormir tanto, susurras mientras te desperezas y te estiras, buscando mis labios. Tras el beso, te murmuro, Sabes que me encanta verte dormir. Entre nosotros vibra un móvil. Todo bien en casa, le digo tras chequear el mensaje. Asientes y me abrazas, un abrazo como aquel que me diste después de pasar la noche bailando en el Kaffibarinn, aunque en realidad yo pensé que hablábamos, en realidad, aquello era un baile. Me muero de ganas de estar contigo en las calles de las islas, dices. Como si no pasara el tiempo, susurro yo, apretándola más. Es que no pasó, me dices, y entonces me muerdo un labio para que no se me salten las lágrimas, y luego, riéndome, me aparto con los ojos húmedos, que tú estás cansada de ver porque contigo me hice hombre de verdad, contigo lloré y lloro, y te paso la mano por la cara. Te quiero, te digo mirándote a los ojos. Tú cierras los ojos, apretándolos, junto a la boca, y me dices que, Yo también, toliño. ¿Vamos?, pregunto. Pero conduzco yo, me dices. Y yo me echo a reír y te digo, Claro…

Anuncios

Un comentario en “El final que quiero imaginar

  1. Pingback: El final que quiero imaginar – uxiogeno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s