El gusanito y el niño: sobre la importancia de un gesto

Estás en el andén, rodeada de otras personas que detrás del cordón de seguridad se acaban de despedir. Como tú. En tu rostro algo desencajado miras la superficie reflectante y oscurecida de la ventana, tratando de descubrirme, sonriendo, saludando con la mano y llevándotela al pecho desde tu rostro de luz, mirando, buscándome con los ojos tan abiertos. Diciéndome Te quiero como una mimo de belleza insuperable, me dices Te quiero con esos labios que acabo de besar por última vez hasta dentro de cincuenta días, o más. También mi rostro está desencajado, pero no puedes verlo, y sonrío sin saber si eres capaz de distinguir mi sonrisa, me esfuerzo igualmente en que parezca la sonrisa más bella que haya lucido mi rostro, porque estoy tan feliz de estar contigo y esa sonrisa es mi insignia. Pero las lágrimas en mis ojos, el precipicio al abismo en mi vientre, que también es fértil, el temblor en mi rodilla derecha, la enferma. Me siento en un hueco de cuatro asientos y mesa, colonizado por dos madres semi-jóvenes con sendos hijos. Uno de ellos sobre el regazo a mi lado. Alzo mi mano para saludarte y también el niño lo hace, señalando quizá a sus abuelos, o quizá imitándome. Es un niño bonito, de ojos azules grandes y mejillas infladas. Y yo te miro, te miro y saludo, sintiendo esa rayuela invisible que sale de mis pies y acaba en los tuyos, formada por infinitas posiciones intercambiables y mutantes, diseñada específicamente para el avance, para crecer y jamás involucionar, pues el conocimiento es transformador y nunca se puede volver atrás. Desearía tanto no irme, tanto seguir en estas calles que nocturnamente y en secreto paseé mientras te divertías, reflexivamente, transportándome a otros cuerpos y otras mentes, observando el ocre y la farola, los rostros de la muerte y de la vida, el fondo de una botella de vino, un cuarteto de cuerda tocando música folk. Fíjate que Salamanca ya se convirtió en uno de esos lugares que he tenido la fortuna de poder llamar casa, por obra de esa magia arcana que es el amor que nos transforma y transforma nuestra realidad, en el fondo la misma cosa con diferente grado de consciencia. Tierra de adivinación. El tren arranca y con la pena atada a mi piel, matándome de a poquito, enfrento la desaparición de tu rostro, tú, que todavía caminas un par de pasos alzando la cabeza, un par de pasos hacia mí tratando la proeza imposible, la de retenerme: ahora nos toca estar juntos en la distancia. De la forma que sea, de la forma que podamos. Quizá para que el desgarro sea más rápido, el tren sale de la ciudad en un minuto, y ya me estoy enfrentando a eso que antes llamaba páramo y ahora campos, una España vacía que es llena. El niño, a mi lado, come entretenido y atento los mismos gusanitos que comía yo hace décadas, y mi mirada llorosa atrae sus ojos, bailando de pie sobre las piernas de su madre, que a veces también me mira, pero de reojo, preguntándose o quizá con vergüenza ajena o quizá por ambas cosas.  A mí la pena me abrasa, tu rostro me persigue tras tres días tan increíbles que su descripción escapa a mis habilidades como escritor. El niño me descubre atónito en ese hoyo doloroso, me mira de una manera que quizá ningún adulto puede, viéndome realmente, y entonces toma un gusanito de la bolsa y me lo ofrece, que yo tomo sabiendo que estoy a una distancia muy pequeña de romper a llorar, le sonrío como puedo, soltando un Ohhh entrecortado, y a mi onomatopeya se suma su madre y la otra madre también, me lo meto en la boca y de pronto saboreo mi niñez y el amor incondicional de ese ser pequeño tan grande que la sociedad todavía no ha podido moldear para despreciar sus emociones. Su gesto me desmorona lentamente, pero desmorona también mi pena, llevándome a un presente inmediato. Da gracias, pienso, y le acaricio la mejilla, y le digo Gracias, pequeño.

A veces, necesitamos un gesto, solo uno, para ser más felices. Para desapegarnos de la idea de un pasado y un futuro, y beber un presente. Para relativizar, para tomar perspectiva. Pero hay algo todavía más importante que ese gesto, y es que NOSOTROS también lo tengamos, lo ofrezcamos a los demás y a nosotros mismos con generosidad y gentileza.

No esperes. Tu gesto le puede cambiar el día, o la vida, a esa persona que tienes delante.

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