Historias de una válvula – Extraventricular (II)

Cierro los ojos, los abro.

Una gasolinera en la nacional 525, a medio camino entre Caldas de Reis y Pontevedra.  Nos vamos a la aldea. Mi padre ha parado a llenar el depósito. Nos rodea un bellísimo atardecer de verano, el cielo casi del todo negro y sobre el horizonte vetas naranja enredadas en las copas de los pinos. Todo abriéndose a las estrellas. En el asiento de atrás, sin embargo, yo me muero sin que nadie se entere. Vengo dándole vueltas al penoso concepto de la muerte súbita, la peor muerte que pueda imaginar, esa que llega sin que nada la pueda prever. Mi padre agita la manguera, como un pene de plástico, y tras meterse en el coche, dice alguna banalidad y arranca. Algo sobre las viñas y la uva. Mi hermano, de apenas catorce años, mira alelado por la ventana. No mucho más tarde, en la cocina de la casa de la aldea, veo palpitar un aire amarillo y febril, caliente. Es casi insoportable, y me recuerda a la anciana centenaria de mi sueño. Me empuja, sin que pueda hacer nada para evitarlo, a la cama, tras jugar con la comida de mi plato. Y allá se vienen las pastillas en mi garganta, y un sueño artificial que me arrastra y no mata la angustia. Mañana, más.

Las otras Historias de una válvula.

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Un comentario en “Historias de una válvula – Extraventricular (II)

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