La lombriz y ese poder superior que no comprendemos

Al final de la senda que conecta la base del parque natural Skaftafell (Sur de Islandia) con la cascada Svartifoss (la cascada oscura), el camino deja de ascender y cae entre cascotes de piedra ocre hacia la oquedad donde se encuentra la caída de agua, un fino y delicado chorro que se despeña entre alineadas columnas de basalto. Mis padres, unos metros por detrás, recuperan el aliento de la subida observando con desconfianza el cielo negro, que anuncia lluvia. A nuestras espaldas, la llanura gris plateada de

sedimentos glaciares, que ocupa una extensión que se pierde y que impresiona por su vacío desolado. Otros turistas, por delante, se van colocando para tomar la instantánea perfecta, con sus trípodes y cámaras de objetivos colosales. A mí, Svartifoss me genera algo de tedio, a fuerza de repetición, pero admiro igualmente su belleza sutil, tan contraria a la violencia de otras cascadas islandesas. Los turistas, eso sí, me molestan, por descarados y ruidosos. Pero nada puede anular el placer de sentir la primavera, que finalmente ha llegado a este rincón de Europa: los pajarillos pían y se buscan, encontrándose en las ramas llenas de hojas de los arbustos que cubren esta enorme loma basáltica. Incendian con su verde el gris generalizado del cielo y el suelo, el blanco azulado del glaciar, colores fríos para una tierra perturbadoramente mágica. La tierra revive por unos meses, y el borboteo del agua por todas partes no hace sino incrementar la impresión de que algo se está encendiendo. Mis padres, que todavía tardarán, caminan con cuidado entre rocas, no como yo, que salto e roca en roca sintiéndome cabra. En uno de los saltos, me tropiezo con una lombriz situada en mitad del sendero, retorciéndose con lo que a mí me parece angustia, empapada en polvo y notablemente alejada de los bordes verdosos y protectores del camino. Me pregunto cómo ha llegado allí. Desde luego, es uno de los lugares más propicios para encontrar la muerte bajo las botas de algún caminante; o para servir de jugoso desayuno a algún pájaro capaz de distinguirla perfectamente destacada en el camino. La sobrepaso, prendado por sus movimientos y una sensación de compasión ante la muerte ajena, pero luego doy media vuelta y decido intervenir. Tomo del suelo una pajita seca, y con cuidado me agacho y dejo que la lombriz se enrosque alrededor de su salvavidas. A continuación, la deposito entre la hierba, a salvo. Y sigo caminando. La sensación de compasión se ha desvanecido, y queda otra, envolviendo la pregunta estúpida de si la lombriz ha sido consciente de lo que ha pasado. Dudo que el nematodo, ciego y sin apenas cerebro, consiga alguna consciencia de que otro ser ha intervenido en su destino, con o sin derecho a ello. Eso me lleva a pensar que el mismo modo que la lombriz no puede imaginarme, es probable que sobre el ser humano actúen fuerzas superiores e incomprensibles, y pienso en Arrival y en 2001 y otras divagaciones científicoficcionales que han elucubrado acerca de un poder superior que actúa sobre nosotros sin que seamos conscientes de ello. Y en esas metáforas mentales, el ser humano se convierte en lombriz y su destino es una moneda lanzada al aire pero atrapada antes de que alcance el suelo. Frunciendo el ceño, me siento ante la cascada, que sigue su flujo imperturbable, y espero a que lleguen mis padres, que como los demás turistas, harán la correspondiente foto. Mientras tanto, seguiré pensando en la lombriz, y en ese poder superior que no comprendemos.

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