Amparo Poch y Gascón (Ciencia de acogida)

Texto partícipe de la exposición Ciencia de acogida, que abrirá sus puertas al público desde el próximo 27 de mayo hasta el 17 de septiembre de 2017, en Madrid.

Es práctica común en España una desmemoria selectiva que olvida determinadas figuras en la historia, como ocurrió con las Sinsombrero, las mujeres de la generación del 27, imprescindibles para comprender aquel boom literario pero solo recientemente recuperadas para la memoria popular. Los motivos para que una figura sea excluida de la lista son variopintos, pero suelen incluir ser mujer y de izquierdas. La lista es tristemente larga, e incluye figuras de una importancia capital como el caso que me ocupa, el de la zaragozana Amparo Poch y Gascón.

Amparo Poch y Gascón fue, en muchos sentidos, una pionera. En primer lugar, por enfrentarse a la figura paterna y, tras haberse convertido en maestra, estudiar una carrera impropia de mujeres como la medicina. Lo hizo a lo grande, además, como una de las mejores de su promoción, alcanzando Matrícula de Honor en todas las asignaturas. Pero incluso a pesar de ello, sufrió las burlas de sus compañeros de profesión y de otros hombres, que despectivamente la llamaban la mujer sabia. Su actitud revolucionaria no se quedó en una rebeldía personal hacia la figura patriarcal. Poch y Gascón fue también una activista en cuestiones ecológicas, pacifistas, especialmente en el feminismo (fue una gran defensora del amor libre). También fue una prolífica escritora. Quizá por ello su familia trató de borrar su rastro tras la Guerra Civil, cuando la zaragozana ya se había exiliado a Francia y su figura resultaba vergonzosa para la moral familiar y social de la época. Quizá es así cómo se ocultó la vida de numerosos personajes clave en la Historia.

El rechazo de su entorno nunca arredró a Poch y Gascón. Al finalizar la carrera de Medicina, fundó un pequeño consultorio en el que comenzó a educar sexualmente a las mujeres, tanto en la prevención del contagio de ETS como en el conocimiento de su propio ciclo menstrual (les enseñaba el método OGINO, como herramienta para reducir el número de embarazos). También se dedicó intensamente a la salud infantil (su especialidad clínica era la Puericultura), cuya mortalidad era altísima en aquella época. Su profundo sentimiento de justicia social la hacía centrarse especialmente en las mujeres obreras, para las cuales estableció un horario especial adaptado a sus turnos, y su práctica clínica nunca se entendió sin un profundo poso ideológico. Su feminismo aguerrido pretendía liberar a la mujer de la esclavitud de la ignorancia, de la propia idea de mujer promovida por sistema patriarcal: acompañante, sumisa y reproductora:

“[…] encauzar la acción social de la mujer, dándole una visión nueva de las cosas, evitando que su sensibilidad y su cerebro se contaminen de los errores masculinos. Y entendemos por errores masculinos todos los conceptos actuales de relación y convivencia: errores masculinos, porque rechazamos enérgicamente toda responsabilidad en el devenir histórico, en el que la mujer no ha sido nunca actora, sino testigo obligado e inerme… no nos interesa rememorar el pasado, sino forjar el presente y afrontar el porvenir, con la certidumbre de que en la mujer tiene la Humanidad su reserva suprema, un valor inédito capaz de variar, por la ley de su propia naturaleza, todo el panorama del mundo. … que miles de mujeres reconocerán aquí su propia voz, y pronto tendremos junto a nosotras toda una juventud femenina que se agita desorientada en fábricas, campos y universidades, buscando afanosamente la manera de encauzar en fórmulas de acción sus inquietudes”.

La combinación de su faceta como escritora y su activismo, la llevó a fundar la revista Mujeres Libres, que fue publicada entre 1936 y 1939, y a escribir numerosos artículos y obras de corte feminista, como Elogio del amor libre o La vida sexual de la mujer. Poch y Gascón renegaba abiertamente del papel atribuido a las mujeres, defendía la igualdad de oportunidades para ambos sexos y otros conceptos que por entonces resultaban radicales en España, como la negación de la monogamia, el divorcio, el amor libre o la unión sin necesidad de papeles.

“Es indispensable ir al reconocimiento pleno, por parte de la sociedad, de todas las formas de unión amorosa; tal es la salida auténticamente revolucionaria y liberadora del problema”.

La Guerra Civil había de marcar el devenir de su vida, como la de tantos españoles y españolas. Tras haber formado parte activa del gobierno republicano, durante la guerra centró sus esfuerzos en la protección de los niños, a los que creía necesario mantener apartados de ideologías y bandos, para evitar lo que en realidad terminó sucediendo, que hubiese niños del bando vencedor y del vencido, una grieta que todavía hoy vertebra la sociedad española de una forma u otra. Así, se encargó personalmente de numerosas expediciones para cruzar niños de familias republicanas al extranjero (principalmente a Francia). Su actividad, frenética durante la contienda, no se limitó a ello: impartió cursos de capacitación para las brigadas de salvamento, colaboró en la organización de los hospitales, elaboró planes pedagógicos, etc.

Finalmente, la Guerra Civil la llevó también a ella al exilio, convirtiéndola a su vez en refugiada. Su labor continuó si cabe más activa, en los campos de refugiados españoles y en la dirección de un hospital, participando en revistas libertarias y feministas, también dirigió cursos de la CNT en el exilio, a correspondencia, sobre Puericultura, Anatomía y Fisiología humana, y nunca dejó de promover el pacifismo. Su familia, en tierras españolas, se encargaba por entonces de borrar su historial académico. Pero sus comienzos fueron duros en un país, Francia, no demasiado amable con los refugiados españoles. En situación irregular, trabajó pintando tarjetas y pañuelos, bordando, y en un taller de sombreros. Por entonces, le escribía a una amiga, “Trabajo todos los días (domingo y fiestas igualmente) hasta medianoche y hasta la una de la mañana, pues no hay para subsistir más que el producto de este esfuerzo desde el primer día y ya comprenderás que la cosa es como una cadena que no se ve, pero que limita todos mis movimientos”. Su primera consulta era clandestina, y tardó un tiempo en normalizar su vida laboral y poder ejercer la medicina abiertamente. Su papel como refugiada fue ejemplar.

Se encontraba a punto de partir hacia Argelia, para atender heridos en la guerra colonial del país francés con el argelino, cuando la sorprendió la muerte. A su entierro no quiso acudir su familia, que antes de su muerte había renegado de ella, pero si dos centenares de refugiados que quisieron dar su último adiós a una figura clave en sus vidas. El periódico Espoir, de Touluse, escribió sobre ella:

“… vivió las penalidades propias de todos los que abandonamos España, por no querer aceptar el triunfo del fascismo… A su última morada la acompañaron muchos hombres y mujeres, de todos los partidos políticos y organizaciones, que sabían cuán abnegada y ejemplar había sido su vida, como médico, dedicada a ayudar y a curar a los que más lo necesitaban.”.

Vitalista, culta, feminista, ecologista, revolucionaria y enemiga de la guerra, y también refugiada, Amparo Poch y Gascón es una figura colosal que, como otras muchas silenciadas tras la barbarie de la guerra y la dictadura, necesitan salir a la luz y ser utilizadas como ejemplo del modo en que se puede contribuir a la sociedad y hacerla avanzar.

 

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