El día que el viento fue música

Ahora suenan las Suites, y cierro los ojos mientras el sol cae oblicuo por la ventana, arrancando destellos de la superficie trémula de mi té chai. Arrancan los acordes de cello. Música. Respiro bien hondo, noto el calor de este apartamento, refugio de almas viejas, nido de fuegos artificiales y primeras veces. Por la rendija, huelo la primavera. Las flores abiertas y su polen, flotando y quizá superando barreras oceánicas. Inundándolo todo: jaras, mentas, pensamientos y alegrías.

Me transporto.

Aquel día, el día que el viento fue música, sonaba con furia un invierno oscuro y gélido que, sin embargo, era puro verano, pura explosión tumescente de viejas pulsiones casi ahogadas. Aullaba el viento mientras las agujas de nieve llovían sobre nuestros ojos, los míos y los de Jara. Ascendíamos por el margen derecho del río de los salmones, y entre los árboles chatos, invisibles conejos blancos se escondían, quizá añorando a Alicia. El hielo gris poblado de hielo azul turquesa, y un frío penetrante agarrándose a mis piernas mientras Jara, con sus trenzas y su sonrisa inalterable, avanzaba a mi lado con ese andar saltarín que jamás llegó a perder. Se rozaban nuestros hombros a cada paso. Yo tenía una resaca de muerte que revolvía mis tripas pero empujaba mis piernas, disimulaba entereza, normalidad. Porque ella me hacía crepitar, y tan solo unas horas antes, ella me había abrazado como nadie me había abrazado nunca.

Heiðmörk estaba demasiado lejos para llegar, yo lo sabía. Un inconsciente fallo de cálculo. Nuestros pasos en el camino vacío, la nieve cayendo y el perfil de los edificios del barrio pobre atenuado por la neblina. Arriba del río, sobre la llanura poblada de caballos mccarthianos, el viento nos atacó con violencia pero Jara ni lo sentía, se dedicó a probar el hielo sobre las aguas, preguntándose si su peso podría partir la gruesa capa que cubría un fondo de algas muertas. Nos reímos. Ella me habló de sus hermanos, de su familia. También de la vida, de la amistad. Nuestros cuerpos tendían el uno hacia el otro, como un cruce de magnetismos, el roce de hombros era un grito mudo. Hacía demasiado frío, y no tardamos en claudicar  y entrar en una cafetería vacía y triste, con el agua prendida en nuestra ropa empapada y las mejillas encendidas. Allí escuchamos música, enfrentados en un rincón, Jara me hablaba de las Suites de Bach. Yo no recuerdo de qué música le hablé, creo que de Los Planetas y Piratas, pero sí que recuerdo que el calor me hizo hablar. Luego, volvimos al exterior, como si Heiðmörk todavía fuese una opción viable. Ya no: la luz de enero, exigua, iba desapareciendo e Islandia caminaba rápidamente hacia la oscuridad. En el parking de una nave industrial, sentí que iba a vomitar, mientras Jara hablaba de trampas y muestreos, de semillas. Las arcadas retenidas en mi garganta, la sensación de hormigueo que precede al desmayo. No caí.

Quizá antes de ese momento, quizá después, conseguimos encontrar el principio del lago, y acercándonos al borde, ante una valla de metal, observamos la superficie gris acero y los fragmentos de hielo rotos por el influjo de mareas invisibles. Los pájaros escondidos, el suelo quebradizo, incluso las casas parecían muertas. El mundo era frío, el mundo era un páramo, y parecíamos estar solos en él. Y entonces el viento, corriendo sobre el mundo como una escoba, atravesó la valla metálica y se convirtió en música. Acariciaba y lamía el metal, exhalando una música irrepetible, única, azarosa, llena de belleza y con solamente dos espectadores, una música que resbalaba al aire y se arrastraba en todas direcciones, más allá de nuestros oídos, de nuestros cuerpos. Allí parados, muy quietos, escuchamos la pieza estupefactos e inmediatamente agradecidos. Hasta que el viento cambió de dirección y la música se aplacó y se desvaneció en el aire como volutas de vapor.

Entonces, yo le hablé de convertir mis tecleos en música, Jara dijo que conocía a un informático y que seguro que era sencillo, era ella y su optimismo abrasador y extenuante. Continuamos caminando entre granjas de caballos, hablamos de la naturaleza exacta de la realidad, sin alcanzar ninguna conclusión válida, y regresamos a la cafetería mientras la noche se cerraba sobre nosotros. Jara perdió su billete de bus y eso nos obligó a vagar erráticos entre restaurantes cerrados hasta que en uno consiguió metálico. En la caseta de la parada de bus, nos sentamos y pegamos nuestros cuerpos, buscando calor. Pensé en cómo besarla, pensé en qué ocurriría si no la besaba, pensé en perder mi billete de bus para no regresar jamás al centro de la ciudad, pero no lo hice y ya en el bus, ninguno de los dos se atrevió al beso. Simplemente continuamos un rato más pegados, atados a esa música que había creado el viento, y que persistía en nuestra piel como un tatuaje. Apenas hablamos, y pensé que el hechizo se había roto. Pero no.

 

Ahora abro los ojos, y continúan sonando las Suites. Afuera, es verano: y este verano es verano. Dos niños juegan a escalar el tejado de un colegio. En la terraza de una heladería, un policía lame una tarrina de fresa. Pasan coches con brazos apoyados en las ventanillas bajadas, y mucho más allá, sobre el mar casi tropical, el sol parece jugar con desdén gatuno a golpear las aguas con violencia. Huele a fertilidad. Un globo perdido surca el aire, entre gaviotas. Y mis dedos sin parar, machacando el teclado y contando mentalmente los días. Saboreando el aire con gusto.

Recordando aquel día que el viento fue música.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s