Paterson: el brillo de lo pequeño

Entro en el baño, mi novia está sentada en la taza. Empiezo a cepillarme los dientes, mientras ella me pregunta si haré cuscús con verduras para comer. Ayer por la tarde vimos Paterson, de Jim Jarmusch, y todavía resuenan en mi interior las campanas de la película, reverberando como cuando lanzas una piedra a un estanque y las ondas no se detienen durante un largo rato. Es porque Paterson es una obra de arte deliciosa, el tipo de película que parece pequeña, casi nimia, pero que resulta ser gigantesca y dejar un poso insobornable en nosotros.

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Aunque su sinopsis resulte anodina y no invite al visionado: Historia sobre un conductor de autobús y poeta aficionado sobre las pequeñas cosas llamado Paterson, que vive en Paterson, New Jersey, decir algo así de Paterson es como afirmar que la Gioconda era simplemente una mujer sonriendo a cámara: reduccionismo barato. Porque en Paterson hay tanto, tanto, tanto más, quizá tanto como la millonésima parte de la complicidad de una pareja compartiendo un momento de intimidad en el baño. Porque Paterson nos habla de la poesía inmediata y diaria, la que emana la pequeña realidad que configura nuestras vidas, construida con rutinas de mínima variación, con un sonido ambiental irrepetible y una cantidad infinitesimal de detalles. Paterson es la vida en pequeños sorbos.

Los protagonistas de la película son Paterson, un conductor de autobús poeta de lo cotidiano (reverberación de William Carlos William, poeta que pasó su vida precisamente en Paterson, la ciudad donde transcurre la película); y su mujer Laura, una artista total, libre y que anima a su compañero a abrir su libreta de poemas al mundo, y con razón:

Cuando despierto primero que tú 
y tú estás volteada hacia mí,
cara sobre la almohada y el pelo disperso,
Me aferro a ese momento, y te observo,
asombrado en amor y temeroso
que puedas abrir tus ojos, y que la luz del día huya de ti.
Pero tal vez, ida la luz del día,
verás cuanto mi pecho y mi cabeza
implosionan por ti,
sus voces atrapadas adentro 
como niños no nacidos
que temen que nunca verán la luz del día.
La hendidura en la pared, ahora arde oscura.
Es lluvioso y azul.
Me amarro los zapatos, y bajo para hacer el café.

Él, la creatividad íntima y mínima; ella, la creatividad desatada, optimista y extravagante. Ambos fusionados en una colisión tranquila, como a cámara lenta, sin fuegos fatuos ni explosiones. Sacando brillo al sentido de la existencia, encendiendo la vida cotidiana hasta que surgen las llamas.

Como espectador, lo que se contempla es únicamente una semana de sus vidas, siguiendo pulsos diarios que disimulan uniformidad pero esconden mínimas diferencias. Como un tipo de ritmo cardíaco de orden superior, secreto y casi sordo, pero cuyo movimiento percibimos a través del tiempo.

Estoy en casa.
Afuera está agradable: Tibio
El sol sobre la nieve fría.
El primero de la primavera,
o el último del invierno.
Mis piernas suben las escaleras y salen por la puerta,
mi mitad superior, aquí escribiendo.

Lo insólito de nuestra pareja de protagonistas es que huyen con éxito de lo convencional mediante el amor, desnudo y poderosamente transformador, haciéndose crecer mutuamente a través de la versión más gentil del espíritu humano. Como en el siguiente poema, el romanticismo no tiene nada que ver, y su presencia se entiende desde la perspectiva más alternativa, la que dota de significado incluso el más mínimo detalle de nuestros actos y pensamientos:

El romanticismo no tiene que ver

El amor es

crueldad que con

voluntad, transformamos

para estar juntos.

Tiene sus temporadas,

mejores y peores,

pero al fin el corazón

a tientas en la oscuridad

resiste

hasta que llega el fin de mayo.

Justo porque lo natural es que las zarzas

desgarren la piel

he procedido a atravesarlas…

Jim Jarmusch nos tenía acostumbrados a otro tipo de historias (Coffee and cigarrettes, Broken flowers u Only lovers left alive), también poderosas, pero con Paterson consigue una metáfora visual del viejo concepto de Jung de que todo está conectado (somos como islas, aparentemente aisladas pero conectadas en lo profundo). La armonía de la vida y la importancia de hechos banales que terminan transformándose en situaciones fascinantes y bellas. Como me gusta pensar, hechos banales que constituyen el punto inesperado de la vida, ese que consigue que en el encargo laboral más anodino puedas conocer a la persona más increíble y transformadora de tu vida, y termines diciendo eso de ‘Quién lo iba a decir’; estás en la sala de espera de urgencias, desolado sin saber si tu padre morirá o no, y contemplas la mayor escena de amor posible, un anciano acariciando el rostro arrugado e inconsciente de la compañera de toda una vida; te despides de tu chica en el andén de una ciudad mesetaria cualquiera y un niño de dos años te tiende un gusanito en respuesta a tus lágrimas. En Paterson, Jarmusch consigue hacernos conscientes de la existencia de ese fondo que habita en nuestras vidas y las hace ser lo que son. “Sólo sé que lo único que debemos valorar es estar vivos en este planeta, que es tan cambiante, inmenso y misterioso”, dijo el director en la promoción de su película.

Voy a través de trillones de moléculas,
que se corren a un lado para hacerme lugar
mientras que a ambos lados,
trillones más se quedan donde están.
La escobilla del limpiaparabrisas comienza a chirriar.
La lluvia ha parado.
Yo he parado.
En la esquina un chico con un
impermeable amarillo 
agarrado de la mano de su madre.

Escupo la mezcla de saliva y dentífrico, mientras ella se levanta y tira de la cadena. Haré cuscús, le digo, y ella se acerca y me da un beso en el cuello antes de salir del baño, canturreando. Me limpio los restos de agua de los labios con la manga de la camiseta, y ahora soy yo el que se sienta en la taza.

Si en esta escena también ves poesía, Paterson te atravesará el corazón.

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