Historias de una válvula: Extraventricular (III)

Cierro los ojos, los abro.

El cardiólogo me mira con gravedad fingida mientras le explico la sensación. Septiembre, verano ha muerto, la luz de los días ya ha cambiado y el otoño extiende sus garras. A mí segunda frase, ya está asintiendo. A la tercera, alza la mano y yo me callo. Me dice que la sensación que describo tiene un nombre: latido extraventricular: fallos en el ritmo eléctrico del corazón que provocan un latido adelantado en la frecuencia cardíaca. Percibidos de una forma muy similar a la que yo le había contado. Nada de lo que debas preocuparte, dice. A menos, aclara, que la frecuencia se incremente hasta cuatro o cinco latidos por hora. En cuyo caso, ha de realizarse una sencilla intervención en la que se cauterizan las fibras nerviosas responsables de dicho desequilibrio eléctrico. Y santas pascuas, termina. ¿Sí? Entonces, ¿por qué siento un vacío en el vientre? ¿Por qué lo que me acaba de contar no me tranquiliza lo más mínimo, sino todo lo contrario? Imagino objetos metálicos candentes quemando mi corazón, y el terror de sentir cuatro de esos latidos por hora. Uno es capaz de arruinarme el espíritu durante semanas. ¿Cómo aguantar cuatro por hora? Y, sobre todo, ¿cuándo se terminará esta historia?

Las otras Historias de una válvula.

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3 comentarios en “Historias de una válvula: Extraventricular (III)

  1. Ufff… aquí está la diferencia entre un artista como tú y otra persona que haya sufrido este problema de latidos de más… tú aprovechas la ocasión para hacer con ello unos textos realmente buenos, unos textos palpitantes, y yo me limité a sufrir todo aquello, mientras lo sufrí, y a olvidarme de tema cuando desapareció de molestarme y angustiarme aquel ser asqueroso que se había alojado en mí. Fue hace unos diez años y casi seguido durante tres o cuatro meses. Recuerdo que había dejado de pasear por miedo a acelerar los latidos de más, hasta que decidí que ya estaba bien, y le pedí a Fer que fuéramos de monte. Empecé el paseo con mi bestia interior y al llegar a la cumbre del pico tardé unos minutos en darme cuenta de que se había ido… no ha vuelto desde entonces… solo uno o dos latidos de más muy de tarde en tarde. Fue una sensación muy extraña que tus textos me han hecho recordar.

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    • No sé cuánto de mérito me puedo apropiar, en el fondo hice un texto, pero muuuuuchos años más tarde, en el momento lo viví con angustia y poca resiliencia. Pero es importante usar la escritura como catarsis, y si le das un toque literario, todavía mejor. Mis latidos tampoco volvieron desde aquel entonces, aprendí sobre mi cuerpo y sobre mi mente… y en esas sigo 🙂 Gracias por el comentario, amiga

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