El Pozo (IV): Medicarse con la risa

El universo como un conjunto de tendencias. Y nosotros, que no escapamos de esa realidad.

2001, salgo de un albergue situado en algún punto de la campiña burgalesa. Hace fresco y a mi alrededor, una planicie irreductible recubierta de un verde cegador: primavera. Miro y no me lo creo, que haya personas viviendo en un lugar así. Siempre me ha costado ubicarme a mí mismo sin algún accidente geográfico cerca, el mar, una montaña, un valle. A mi lado, uno de los profesores, a la sazón miembro de una secta solar, sonríe y me dice, Es un lugar bello, a su manera. Pero yo no me lo creo. Estoy malhumorado, o más bien triste. Ayer por la noche, mi novia me chantajeó para que me quedase con ella en lugar de ir a donde yo quería: la habitación de la juerga, en donde se bebía calimotxo, se fumaba marihuana y sonaba música ska. Por el contrario, me quedé con ella y sus amigas, escuchando historias de miedo absurdas y sin siquiera un poco de intimidad. De por qué no me largué a la otra habitación, supongo que podrían hacerse muchas reflexiones y extraer alguna conclusión, pero no ha lugar. Ahora, al amanecer, la paz del albergue es total, la somnolencia del alba. Más tarde subiremos al bus, en donde pegaré mi cabeza a la ventana mientras escucho sin parar dos canciones que van a marcar el inicio de una tendencia autodestructiva en cuanto a filias musicales: Medication y You look so fine, ambas del Version 2.0 de Garbage. A la sazón, el primer disco que me pega fuerte, antes del advenimiento de los Smashing Pumpkings. Enrocado en ese par de canciones, el discman se recalienta mientras avanzamos hacia Atapuerca, y yo repaso una y otra vez los acontecimientos de la pasada noche, tratando de averiguar qué doblegó mi voluntad.

2017, la distancia me regala una perspectiva nueva y amplia. Aquellas dos canciones, que me bebí repetidamente a grandes tragos, fueron escritas por personas bien jodidas por las drogas. Gente depresiva con problemas emocionales en el peor de los ambientes posible. La suya era la visión derrotista y deprimente del post-grunge de los noventa. Música para gente que no creía en el futuro. El peligro de que adolescentes sensibles escuchen este tipo de canciones me resulta ahora inaceptable. Aunque nadie piense en ello.

No creo que pueda saberse cuándo comienza una tendencia vital. Solemos ser nosotros y las circunstancias que nos rodean las que lo favorecen, y ambas no son más que una emanación de lo mismo, un reflejo, el cielo en la superficie de un lago. No vale la pena perder el tiempo en engañarse: nada escapa a nuestra responsabilidad.

Aquella época, la del comienzo de milenio y el paso de la adolescencia a la juventud, es la zona cero de mi tendencia por la música deprimente. PERO, no hay ninguna tendencia inmutable. La naturaleza profunda de la adición, que no distingue compuestos químicos, alimentos o entidades creativas, da lo mismo la cocaína que el azúcar que la música deprimente, resulta arrolladora. Pero se puede romper el círculo vicioso que nos domina, que nos empuja de un pensamiento triste a un estado emocional que induce el consumo adictivo de algo (en este caso, la música). Retroalimentación en toda regla. Y es una adicción porque el discurso interno se parece sospechosamente al de un yonki: Yo controlo. Crees que puedes dejar de hacerlo cuando quieras, que eres tú quien domina la situación y no al revés. Y, llegado el momento, será la música la que recibirá todas las culpas. Alejar la responsabilidad de uno mismo forma parte del comportamiento del adicto.

Así que, sí, Me llamo Ernesto y fui adicto a la música deprimente. Me ayudaba a profundizar en mis estados depresivos, a favorecerlos, como un catalizador del cajón de mierda. Y yo me entregaba como un amante dolorosamente necesitado.

Sería precioso decir libremente que alguien te puede sacar de ese círculo vicioso. Pero también sería una mentira falaz. Te pueden ayudar, y mucho, pero la decisión última de romper el círculo solamente puede ser tuya, y ocurre una vez se toma consciencia de que TÚ tienes la responsabilidad. Servidor recibió la ayuda que necesitaba. El Ríe chinito de Perota Chingó, y otras canciones de una nueva era (Compay Segundo, Cesárea Évora, Celia Cruz,…), ayudaron a hacerme ver lo que en realidad ya sabía, que la música deprimente no forma parte de mí, sino que solamente la utilizaba como un mecanismo conductual. Una herramienta inútil.

Aquella música, usada como arma arrojadiza y mediante determinados circuitos mentales, reconducía mis pensamientos en la dirección de lo triste. Pero al decir no, ya no quiero más eso, todo cambió (o está cambiando). Se produjo (y sigue produciéndose) el síndrome de abstinencia. La fuerza de la costumbre, la fragilidad del cambio. Tampoco resulta sencillo, tras tantos años, entrar en una música nueva, que usar circuitos mentales nuevos que conducen, también, pensamientos nuevos a los que el cerebro no está acostumbrado. Habrá recaídas. Habrá momentos de duda. Cuando la duda aparece, camino seguro.

Y en sentido amplio, el círculo vicioso roto me permite cerrar otro círculo de orden mayor, que comenzó hace años. Se siente bonito el momento. Así que hoy, la verdad, me gustaría que esta sección se llamase El Faro, y no El pozo.

La revolución era esto. ¡Salud!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s