La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

Recuerdo el estremecimiento que La carretera, de Cormac McCarthy, me iba provocando a medida que avanzaba en su lectura. La novelita del estadounidense entra por el tuétano, y desde aquel lejano 2009 en que McCarthy cambió mi forma de ver la literatura, ninguna obra me había provocado esa desazón. Hasta que llegó a mis manos La lluvia amarilla, de Julio Llamazares.

Llegué a la novela de Llamazares a través de uno de los libros del 2016, La España vacía, de Sergio del Molino (cuya reseña tengo todavía pendiente), pues La lluvia amarilla sitúa su historia sobre hombros del último habitante de un pueblo moribundo, Ainielle.

Ainielle existe. En el año 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto”.

Es comprensible que del Molino cite la novela de Llamazares, muy a cuento en el contexto de una España interior desangrada como un animal herido de muerte. Pero en la novela hay una miga mucho más sustancial, que entra, como con La carretera, por el tuétano. Una miga que es pura literatura.

Con una prosa teñida de lirismo, bella pero a su modo descarnada, Llamazares te conduce mediante cortos párrafos a través de la vida de ese último habitante de Ainielles, Andrés, un ser en el cual se observa el reflejo desgarrador entre mundo interior y exterior: soledad, belleza y abandono. Porque Andrés es un extranjero, habita un mundo que se desmorona, negándose a formar parte del que viene y ya se está instalando. Llamazares juega con la memoria, el tiempo y la muerte:

La memoria: “¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira?”.

El tiempo: “El tiempo fluye siempre igual que fluye el río: melancólico y equívoco al principio, precipitándose a sí mismo a medida que los años van pasando”.

Y la muerte: “De repente, la niebla inundará mis venas, mi sangre se helará como las fuentes de los puertos en enero y, cuando todo haya acabado, mi propia sombra me abandonará y bajará a ocupar mi sitio junto a la chimenea”.

Y Llamazares nos cuenta todo esto con una cadencia interna que oscila entre lo bello y lo triste, contando una tragedia común en el interior de España, y que un gallego de costa como yo solamente ha paladeado al visitar zonas despobladas de Castilla y Aragón, lugares en donde se palpa el dolor de las personas ausentes que vieron morir sus pueblos y sufrieron el desarraigo más atroz en sus carnes. Quizá por ello somos capaces de empatizar con Andrés, un ser autoritario, hosco y misántropo. Quizá porque en su dolor contemplamos un dolor conocido.

Cuando terminas La lluvia amarilla, se te queda adherida una sensación de soledad incómoda, de la que tratarás de huir buscando compañía, la voz humana, el trasiego de un pueblo todavía con vida. Huirás, sin duda, de esa lluvia amarilla.

 

También en Hablando con letras.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s