Checoslovaquia ya no es un país – Cuento 5

Llega a Praga a media mañana. El aire fresco empieza a calentarse, y ella reconecta con una parte profunda de sí misma que goza la soledad. No siempre, ni en cualquier circunstancia. Pero sí en Praga, que no es Viena, que tanto significa para los dos. Praga es Praga, una ciudad que comienza a descubrir, abierta y monumental, inabarcable, orgullosa y atestada de turistas, entre los que vaga pendiente del murmullo humano, en ocasiones convertido en auténtico estruendo. Un viaje que avanza hacia su final. En el barullo halla descanso antes de la vuelta a la rutina, una parada en el contar los días. Farolillos orientales, plaga de chinos y argentinos, vocalistas perdidos en el bullicio, herrumbrados borrachos vagabundos al sol, pompa y destino, vidrio y camino. En cada esquina, el cuerpo de él transfigurado en decenas de cuerpos anónimos. La promesa de un abrazo pendiendo de los cables polvorientos del tranvía. No tarda en atiborrarse de ruido, y entonces se pone los auriculares y camina junto al Moldava de la mano de Junip. Ya hace calor, va pasando el día, las terrazas están repletas. Muchachos juegan en la ribera dentro de esferas de plástico o en piraguas. Al otro lado del río, sobre la colina cubierta de bosque, descubre la torre Eiffel, y piensa de nuevo en París, por segunda vez en unos días, de nuevo las calles adoquinadas, el sórdido Moulin Rouge, los dobles sentidos en el césped de Sacre Coeur. Él, que ya ha estado en Praga tres veces, le recomienda que no se pierda la casa danzante, que allí verá algo que le hará reconectar con él de inmediato. Y así camina ella, expectante, observando la luz plata sobre la corriente plácida, las aves en lo alto de los enormes edificios. Se pregunta cómo tanta ostentación sobrevivió dos guerras y cuarenta años de comunismo. La marea humana atesta las aceras impolutas. En una hilera de bancos a la sombra de abedules, una muchachada bebe cerveza y fuma marihuana, contemplando el sol caer sobre el horizonte verdoso. Los acordes acunan sus oídos. Una brisa que sube del sur, fresca y agradable, peina su media melena, coquetea con su vestido color vino, que ha vuelto a ponerse. Le da un salto el corazón. Viaje compañera, piensa, murió tu larga compañía, no tengo tiempo que perder. La calle vira ligeramente a la derecha, se contempla una larga ristra de edificios de colores, pendidos sobre el Moldava como si fueran a caerse al curso del río. Más allá, se encuentra la casa danzante, los dos falsos edificios unidos en un baile curvo, desestructurado y dinámico a pesar del cemento y el cristal. Su vidrio refleja la luz del atardecer. Parecen moverse en su baile sin música. Otro salto en el corazón. Y un hilo que se alza desde el suelo, ascendiendo invisible y cruzando el hemisferio. Cierra los ojos un instante mientras se apoya en la baranda, los edificios dibujados con líneas de luz en su cabeza. Alrededor, parecen detenerse las hordas de turistas, los flashes flaquean inanes, e incluso el Moldava contiene la respiración. En la pálida oscuridad, recuerda el baile en aquella habitación sumida en la penumbra y alumbrada únicamente por la luz anaranjada de las farolas y el resplandor de la nieve polvo. Manos derechas agarradas, otra mano en la cintura, la cuarta en el hombro. Pies alternos, la cabeza de él hacia ella, la suya con la melena barriendo el aire cálido. Aquel baile alargándose en el tiempo, como si nadase un mar resplandeciente. El beso prometido. Suspira, y abre los ojos muy despacio, dejando que la luz la ciegue. Y, de pronto, un sonido atraviesa la barrera musical de Junip, entrando en su cerebro. Enfoca la vista hacia la derecha, donde una marabunta de turistas asiáticos rodea un turista caído. Una guía que llama por teléfono. Parece la escena inicial de La Grande Bellezza, piensa, mientras echa un último vistazo a la casa danzante, su casa danzante. Luego echa a andar, cruzando el puente. A lo lejos, escucha la sirena de una ambulancia. Al alzar la mirada, cree intuir, por un instante, el hielo invisible, reverberando el aire con su vibración en un atardecer que parece amenazar con eternizarse.

Praga.

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