Checoslovaquia ya no es un país – Cuento 6

Las arrugas son arroyos en sus mejillas; cruzando la frente, profundos valles; en la comisura de sus labios, transforman su sonrisa, torciéndola. Mira al anciano japonés, que come con calma en la mesa de al lado una pasta italiana con setas y albahaca. Su pelo es muy blanco, y está solo, como ella. La gente comiendo sola en los restaurantes siempre le genera sentimientos encontrados. Imagina su vida. En dónde estará su mujer, si la tiene, o su familia; si está en Praga por vacaciones, como parte de uno de esos insoportables grupos de turistas que se mueven histéricos como manadas de ñus; o si, por el contrario, es un profesor emérito que ha venido a la ciudad a participar en un ciclo de conferencias; quizá, incluso, sea músico. Observa sus manos, que enrollan pasta con delicadeza: dedos largos, nudosos y arrugados. Podría ser pianista. Las bolsas de sus ojos le recuerdan a él, aunque las del anciano están mucho más infladas y oscuras. Por momentos, le da la impresión de que lleva un gran peso sobre los hombros. Pero luego, la impresión se pasa, y su rostro, sin aparente cambio, exuda paz y calma. Aparta la mirada. Alrededor de la terraza del restaurante, en pleno casco viejo de Praga, el flujo de turistas va reduciéndose paulatinamente mientras el aire se tensa. Durante las últimas horas, una tormenta se ha ido cociendo sobre la capital checa, y ahora que ha caído el día y el cielo es púrpura, las nubes amontonadas sobre las colinas están listas. Un rumor se extiende sobre los árboles y entre las cornisas de los edificios monumentales. Da un bocado más a su codillo de cerdo, delicioso, pero está saciada, no puede comer más carne. Si él la viese, vegetariano activista, se escandalizaría. El pensamiento la hace sonreír, vuelve su mirada al anciano, y que algo debe percibir, pues alza la mirada ante la suya. Ambas se cruzan entre sus mesas casi pegadas. El japonés sonríe, ella también. Buenas noches, dice él con voz aflautada, firme y cándida. Ella responde inclinando la cabeza. De nuevo, un rumor sobre el cielo de la ciudad. La tormenta está casi a punto de empezar. Aparta el plato y cruza sobre él tenedor y cuchillo. A su lado, el anciano ha terminado su pasta y cuando la camarera le recoge su plato, cruza las manos delante con un aire entre cansado y triste. Finalmente, se levanta y se pone la gabardina. Antes de abandonar la terraza, se detiene a su lado. Ella le mira, sorprendida, encontrándose con la sonrisa del anciano y sus ojos achinados, que también le recuerdan a él. De pronto, le agarra las manos entre las suyas, expone sus palmas hacia arriba, y ella las mira, su piel tersa pero de arrugas fondas, enfrentando el cielo. Estas manos están hechas para hacer cosas bellas, le dice. No tengas miedo, añade. Y a continuación, le acaricia la mejilla y se marcha, inclinando la cabeza. Dejando un rastro eléctrico sobre ella, le ve confundirse entre la gente como un personaje salido de una novela de detectives. Después, paga y se levanta para irse. Antes de ingresar en la calle, alza la mirada al cielo y observa un rayo ramificándose sobre el Moldava, tatuando el cielo de luz. Y a los pocos segundos, un trueno grave arrasando la ciudad como el comienzo de una guerra. Mete las manos en los bolsillos, y acelera el paso hacia el hotel.

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