Bucarest

En el interior de una libreta,

me encontré

Bucarest.

Que me susurró que,

tiempo atrás,

también yo fui rumano,

conductor de tranvías desastrados

durante una vida larga y anónima,

al final de la cual

me atravesó una visión

aterradora y definitiva,

como un puñal

en el centro de la espiral de mi mente.

Así salí de la hipnosis,

como un perro viejo

que despierta de un sueño,

empapado y triste

bajo una farola,

al lado de una fábrica abandonada.

Parado el tranvía en mitad de la nada,

bajé aturdido,

acariciándome la cabeza de canas,

consciente de que era

el ser más triste del mundo.

Luego, contemplé la ciudad,

Bucarest,

la triste ciudad alegre,

y solté

un suspiro tan profundo

que arrasó vísceras y emociones,

exhalación de cansancio

y ranciedad,

un suspiro que salió de mí como el monstruo

que habita en todos nosotros.

Y de pronto,

me encontré de nuevo afuera de la libreta,

despierto en esta tarde dorada

de primavera,

salí de Bucarest,

y de aquella vieja vida soñada,

improvisando una ascensión,

a alguna otra parte.

 

PD. La paz no escribe cuentos.

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