Poema para un 11 de marzo

Me asomo al balcón:

la aurora en Orion.

Por momentos, me siento un orfebre,

una palabra

que aprendí primero en rumano: aurar.

Abajo, un patio con hierba,

y niebla,

un tobogán oxidado

y los restos de una barbacoa.

También,

un matorral

donde habita un jilguero rojo

profundo en su sucedáneo

de sotobosque.

Reflexiono un momento

en esas rocas que veo siempre pasar:

despedida,

musgo en mis ojos,

la mirada hendida.

Atrás, suena una canción

sobre la seda

de días tan cercanos y distantes.

La mujer susurra: terciopelo.

Este año que entra

el número mágico es el 7.

El mismo que,

en plena adolescencia,

fue identidad.

(a veces, alcanza cualquier cosa)

Un cacharreo cualquiera,

crepitar,

la esperanza de esa aventura,

la que entre canciones

que no quería escuchar,

llamé:

gran aventura de mi vida.

¿Y qué, si después

tengo que pagar?

Para precio,

mi desprecio,

el resplandor de mi carácter,

que se viste con acento escocés

en esta tarde dorada,

granate la sangre, la linfa,

construida con lágrimas vertidas en un té

de aroma hindú.

Y que el círculo vuelva a empezar.

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