Miércoles 14

Medio dormido, me abrazas.

Azul el amanecer.

Luego, recorro las habitaciones desiertas, frías,

y bebo té y leo a Joe Pernice.

Solo más tarde salgo de la cueva

y saludo a un obrero,

Góðan daginn.

Llueve gallego en las calles,

me deslumbran en los ojos

los faros de los camiones de reparto.

Apunto mentalmente: necesito un bañador;

tras olvidarme el mío

en la piscina secreta

de otro cumpleaños inolvidable.

Quizá, un vaho en mis ojos.

Quizá, un temblor.

O una seda.

Por cierto, me he puesto

tu chaquetilla de estar por casa

para ir a trabajar,

espero que no te importe.

Suena Bones, de Dustin Tebbutt.

Noto la ceniza que dejó la nieve

en la suela de mis zapatillas.

El aire lame mis tobillos: primavera.

Todavía pienso en ese circulito negro

que marca Buenos Aires en el mapa,

desde que tenía siete años…

Mis pies y tus pies,

las huellas al sur de dos errantes.

Atravieso la enorme rotonda de hierba

en donde pica el suelo

una manada de gansos alerta.

Es miércoles 14, deshielo.

Casi echaba de menos la lluvia, pienso,

parapetado en mi capucha.

Aquí sigo,

421 días después, con la poesía.

Será cosa de meigas, supongo.

Me empuja el viento,

yo le empujo a él,

siempre el juego de contrarios,

y pienso, tranquilo,

que Se chove, que chova.

Y que habrá que hacer camino

mientras no se apaguen las luces.

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