El pozo (IX): La rosa de Sigur

Una noche hace un par de años, escuché a un amigo decir que había grupos de música que excedían lo musical y entraban en un territorio difícil de definir. La única verdad es la música, decía Kerouac. No se trata solo de la música. Rondaba cerca de la conversación, así que mi amigo afianzó su argumento conmigo y Sigur Rós. Con la de veces que habremos discutido sobre música (especialmente acerca del eterno debate de si un artista está legitimado a traicionarse a sí mismo -si eso fuera posible-, y hacer lo que sienta en cada momento), recuerdo el momento como una pura delicia: bebíamos cerveza y fumábamos en una noche de verano en una casa llena de memorias.

***

A Sigur Rós les descubrí, en realidad, gracias a Teledeporte, en uno de cuyos (falsos) espacios publicitarios sonó una melodía de la banda islandesa. El hermano de una antigua novia, que se encontraba conmigo, me explicó que eran de Islandia y que tocaban canciones larguísimas, de siete u ocho minutos. Eran atmosféricos y envolventes. Si estás listo para canciones largas de ese rollo, son tu grupo, zanjó. Y, efectivamente, lo eran. No tarde ni dos horas en descargar y sumergirme en sus dos primeros y sublimes discos: Ágætis byrjun (1999) y () (2002). Su música y yo conectamos como las piezas de un puzle. Fue amor a primera vista.

Tengo una anécdota genial sobre ese tiempo. Mientras buceaba en su discografía, me encontré con la portada de uno de sus álbumes, Hvarf/Heim (2007), y enarqué las cejas porque la reconocí de inmediato. La había visto cinco o seis años antes en un ejemplar de Círculo de lectores de mi madre, sección Discos, y recordaba perfectamente que algo en la fotografía de portada, una fotografía difuminada y de tonos apagados y nostálgicos (tono general de la banda), probablemente del campo islandés, hizo que Sigur Rós me sonase a heavy metal (literal) y que rechazase cualquier intento de hacerme con uno de sus discos.

Esta anécdota me hace pensar, últimamente, en la película Arrival (La Llegada; antes, un cuento fantástico de Ted Chiang, La historia de tu vida) y el antagonismo entre la perspectiva del tiempo de los seres humanos y los así llamados heptapodos. A pesar del peligro que corro de estar mezclando tocino y velocidad, no resulta inhabitual en mí que, cada vez que me encuentro con indicios del futuro en el pasado, caiga en pensar acerca de la percepción del tiempo, las sincronicidades y Jung, y en que nuestro cerebro bien podría modificarse para observar el tiempo como una esfera y no como una línea; y que, de ese modo, pudiésemos acceder, de una forma intuitiva y global, al conjunto de nuestros recuerdos pasados y futuros, tendidos ante nosotros como un mapa. Al re-descubrir la portada de Hvarf/Heim, me arrastró la impresión de que, en cierto modo, yo ya sabía que Sigur Rós formarían parte de mi futuro. Y que, efectivamente, eran mucho más que música.

Aquellos dos discos, mi entrada en el universo Sigur Rós, tiñeron mis primeros años de doctorado, a finales de la primera década de los 2000. Canciones, en cierto mundo, de catacumba, melancólicas, arrolladoras como una ola, que acompañaron un revivir de Compostela en mi paisaje vital (al mismo tiempo que, como en cierto modo ya había predicho, descubría que la investigación no era mi camino a seguir). También accedí al resto de su música, especialmente Takk… (2005), el primer disco de Sigur Rós en que se mostraban luminosos, sin abandonar la melancolía o los paisajes musicales envolventes. Destacaba en el disco Hoppípolla, Sæglópur, y especialmente la inconmensurable Glósoli, una de mis canciones tótem.

Durante el último (y agotador) año de doctorado, con todas esas pequeñas grandes miserias que acarrea, y que no tiene mucho sentido relatar aquí, Sigur Rós se convirtieron en una tabla de salvación. Ya me había visto el preciosista documental Heima, e Islandia se había convertido en mi objetivo a medio plazo. Cada día, en los momentos flacos, me repetía una y otra vez que, al terminar el doctorado, emigraría a esta isla que roza el Círculo Polar Ártico, e iba ahorrando lo que podía para financiarme. Aquel invierno, el más lluvioso y oscuro que recuerde en mi década viviendo en Compostela, las canciones de Takk… se convirtieron en mi salvavidas. Salía de casa, cada mañana, con su música, y volvía también con la misma música, especialmente Hoppípolla, tras una extenuante jornada escribiendo y reescribiendo, buceando entre referencias bibliográficas, tablas de datos, imágenes adjuntas, interminables revisiones que me sacaban de quicio. El concierto de Sigur Rós jamás se detenía. Dudo que ningún gato del mundo, ni siquiera uno islandés (Reykjavík es la ciudad de los gatos), haya escuchado tanto Sigur Rós como mi compañero de andanzas de aquel tiempo, Siam.

Finalmente, en 2014, llegué a Islandia, pero esa es una historia que ya conté en otra parte, un anecdotario sin suerte editorial que llamé igual que la calle en la cual viví ese primer año: Hverfisgata 49. Sigur Rós me acompañó en aquel 2014, que pasé entre los fogones de un restaurante del centro y los viajes recorriendo la isla, maravillado por los mismos paisajes que me habían magnetizado en Heima, y que en vivo y en directo resultaban más colosales, impresionantes y brutales de lo que jamás hubiese imaginado. Por supuesto, todo eso jamás habría ocurrido sin conocer a Sigur Rós. Así de extraña es a veces la vida. A ellos ya les había visto en Oporto y en Barcelona, y su devenir musical, aunque igualmente delicado y disfrutable, parecía lejos de la excelencia de sus tres o cuatro primeros álbumes. Llegaron Valtari (2012) y Kveikur (2013), y aunque no me emocionaban de la misma forma, no dejaron de sonar en mis oídos. No me resulta desconocido que la reincidencia resta intensidad, que mi rasero se encuentra entre la excelencia y una concreta especificidad emocional. Entre las llanuras de ceniza del sur, los glaciares, fiordos y cascadas, en cada viaje sonaba Sigur Rós a todo volumen.

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Durante un descanso del turno del restaurante, aquel 2014, respiraba un poco de aire fresco en el umbral de una puerta alzada, cuando vi acercarse, en el callejón, la figura inconfundible de Jónsi, cantante de Sigur Rós, acompañado de su perro Atlas y con una bolsa del supermercado en la otra mano. Recuerdo mirarle asombrado, y a él levantar la mirada y sonreír, saludando al pasar a mi altura (como en Galicia, ‘o saúdo é obrigatorio’), para luego continuar su camino inconsciente de lo que su música había significado para la vida de ese pinche de cocina moreno y sudado.

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Así que aquella noche de verano de 2015, mientras mi amigo hablaba de la música y las músicas y las emociones, yo asentía mientras le daba sorbos pequeños pero deseados a una Estrella Galicia, pensando en Sigur Rós y en lo mucho que por entonces añoraba la paz intensa que había vivido en las tierras del norte. Hoy, cuatro años más tarde, quizá nueve después de conocerles oficialmente, a pesar de que nuestros caminos hayan divergido ligeramente, no falta la semana que les escuche, para inspirarme, emocionarme, o simplemente, para disfrutar.

 

Otras entregas de El pozo, aquí.

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