De buena luna

Una colosal persiana de grises sobre mí,

el vaporcillo brotando del agua, sábana santa.

Ocho grados: no hace frío.

Los cuerpos entran y salen de la piscina:

un anciano chino sonríe a su esposa;

en la poza helada, una nadadora de rostro cuadrado suspira, bellísima;

una niñita pelirroja bucea entre mis pies;

en la poza grande, un espigado adolescente juega al baloncesto, creyéndose Lebron.

Y sobre nosotros, pasa un avión de Icelandair, demasiado bajo,

y yo y un hombre rubio y fofo lo seguimos con la mirada

hasta que desaparece entre los edificios de este barrio del oeste.

Me pregunto si se estrellará, no debería estar aquí.

En el vestuario, miro los penes de otros hombres:

formas, grosores y longitudes.

No me desagradan los penes, he vivido en vestuarios desde chaval,

y me sigue sorprendiendo lo diferentes que son unos de otros

desde una base estructural común.

He adelgazado, aunque esta curva de la barriga persiste, pertinaz,

no importa si corro más que nunca

resistiéndome al marchitamiento del cuerpo: mediada treintena.

Asfalto mojado, buena luna.

En el badulaque, la cajera vietnamita bailotea Gloria, de Laura Branigan,

y al tenderme el recibo, me suelta un temerario y sonriente Muchas gracias.

He comprado mozzarella, queso azul, salsa de tomate con albahaca y champiñones laminados

(Murakami, va por ti):

hoy toca pizza.

El barrio casi desierto, las gaviotas cruzan el cielo buscando el sol, buscando tierra fértil,

y eso que Islandia es una selva.

Un bellísimo ostrero macho me mira desde el centro de la calle húmeda,

en su mirada intuyo una inteligencia profunda, esquiva.

El que diga que los animales no piensan

es que no ha mirado bien.

En las ramas desnudas de los árboles, de los matorrales, bullen los brotes;

sobre el manto amarillo de la hierba muerta, brotan los crocus y los narcisos y los tulipanes.

Me da por pensar en California, y en el difunto de Hank,

en las olas, en los aeropuertos junto a la playa y las rocas recubiertas de líquienes con forma de rosa,

en las kalanchoe, en Becca y en el significado del padre.

A veces, pienso en cosas extrañas

y en esos treinta mil pensamientos que corren por mi cabeza, hay espacio para todo.

A veces, me siento en orsay,

pero, como ese Xoel que dice que aunque parezca que no está, que esté de viaje, siempre vuelve,

también yo regreso de las tierras altas de los espacios mentales

sobre todo tras bañarme en agua muy caliente, piscis irredento.

Veo secar mi pelo lleno de canas y la sonrisa que retuerce las patas de gallo.

Estás a punto de llegar, y yo la comida sin hacer.

Me serviré un vermú, de buena luna, como si esto fuese una terraza al sol.

Y disfrutaré del sonido de las piedras de hielo al estallar,

mientras suena esta música celestial, miraré el 2 y el 3,

hasta que la puerta, esa puerta, la de la cueva,

se abra.

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