Un día con Mar y Lluvia

Conduzco.

A un margen,

una iglesia devorada por la maleza,

y adosada a ella,

un cementerio de huesos.

Suena la 9 de Hvarf/Heim,

no sé porqué he escogido este álbum hoy,

quizá por vuelo entre el calor

hacia Compostela,

esa ciudad que no existe,

pero a la que siempre vuelvo

quizá para admirar la ceniza

de una vida que hoy parece otra.

Al llegar,

ni miro el mamotreto del hospital,

agujero negro de viajes y visitas,

y atravieso acongojado un campus fantasma:

coches varados, facultades muertas,

una pareja que camina a la sombra

de unos plátanos,

parquímetros que esperan.

Descubro los cambios:

un antiguo camino cerrado;

los arreglos (ya era hora)

de la facultad de farmacia,

quizá la única del mundo

con forma de M.

Sin duda,

piso mis pasos,

y los rememoro:

ahí, me topé a bote pronto con una exnovia

ahí, me hice una foto con mi abuela, tesis leída

ahí, paseé en soledad, sin brakets en los dientes

ahí, entré a matricularme

ahí, imaginé un abeto incendiado

ahí, vi llover hojas en otoño

Compostela es un cementerio,

uno especialmente vívido, y bello,

pura nostalgia encerrada en imágenes

cada vez más sepia.

Compostela es un campo de estrellas

que nunca se apagan.

Ya dicen,

Llegas llorando, un niño;

y te vas llorando, adulto.

Así voy cruzando las calles sombreadas:

el campillo de rugby,

la guardería, la galería,

hasta Fonseca,

en donde palpo el paso del tiempo

en las arrugas del camarero que nos servía las pulgas de tortilla,

y que lleva treinta y cinco años

enseñándole la sonrisa al mundo,

una palabra amable,

puro optimismo.

El capital, miserable demonio.

En la mesa ya me esperan

Mar y Lluvia,

comiéndose uno de esos sándwiches mixtos

que en su día nos amodorraban a media mañana.

Mar iluminada, como siempre,

y la niña tan mayor, tan grande,

solo por un segundo tímida.

Pero, pienso,

¿cuánto tiempo ha pasado?

Un poema no es nada,

una fútil exhalación de miradas,

emociones, particulares

combinaciones de palabras,

que brotan de mis dedos, de mis uñas,

de una manera cuasi mágica

que no aspiro a comprender.

Igual que no comprendo

qué es lo que hace que con algunas personas

siempre resulte fácil.

Transferencias de energía,

la bendición de la no-exigencia.

Lluvia casi nunca nos deja hablar a nuestro aire,

es como un juego,

necesitamos despistarla,

y entre su nube de actividad,

colar retazos de conversaciones,

entre los cuales vemos renacuajos, nenúfares,

una gran rana bajo en gingko.

Las veo correr por las escaleras de la alameda,

atrás el campus, el enigmático Pedroso,

Galicia entera,

y en lo alto Rosalía,

que mira desde lo alto sin necesidad de apuntar

como Colón.

La niña escoge hojas de colores,

mientras nos lamentamos del estado policial.

Un anciano escupe agua, hordas de turistas,

dónde estará la vieja Compostela,

el barullo de la zona vieja,

la que disfrutaba como nadie en tenebrosas noches invernales

en que vagaba las calles agarrado a alguien o solo,

sin saber lo que había de venir,

sintiéndome eternamente joven,

sintiendo que podía contenerme hasta el fin,

y pasar por la vida sin dejar una marca:

el Observador.

Aquel observador tonto,

que tan a su pesar, casi sin saberlo,

dejaba marcas,

muchas de ellas juntando letras.

A estas alturas,

Lluvia ya me trata como si fuésemos hermanos de toda la vida,

agarra mi mano,

y la enseño a jugar a ese juego que me enseñó mi madre,

y que no tiene nombre,

quizá le quedaría bien,

calientamanos.

Las calles huelen a comida, a carballo,

a mercado de abastos, a alioli,

a negocios cerrados.

Compostela fractal, polifacética.

Compostela cuántica, misteriosa.

Te bebí

casi sin saberlo,

y nunca, nunca,

te pude escribir.

Entonces,

no sabía, como sé hoy,

que hasta los 33,

uno no tiene nada que contar

(Vilas dixit).

Lavanda de mentira, Domus,

Consello Social,

ese paraíso perdido que no miro,

crechas y filandón.

La Compostela que fue

desfila ante mí como una mentira,

una ristra de fotografías inventadas

para una película improbable.

Llameo de alegría y paz,

esa que se respira siempre en vacaciones,

la que nos entra cuando nuestros jefes

nos dejan tranquilos:

mueran sus industrias,

y sus palos de golf, sus coches de lujo,

sus viajes a Bali, sus sonrisas de mentira.

Lluvia le compra a su abuelo una pastillita de jabón,

con forma de flor, rosa.

Se me pega como una lapa, un koala,

se cuelga de nuestros brazos,

lercha y morena,

leve como todos los niños.

Y por encima de nuestras cabezas,

el cielo se viste de nubes,

que van y vienen,

trayendo una brisa seca y fría.

La 9 de Sigur Rós sigue sonando,

y no es una canción triste,

aunque lo parezca,

es simplemente: melancolía.

Creo que esos cuatro malnacidos islandeses saben,

mejor que nadie,

de qué trata este poema,

aunque nunca sabrán de su existencia.

Matar el ego del escritor: ese reto.

A veces, Lluvia reclama a su madre,

de mil y una formas,

ensaya sus tácticas, juega sus bazas,

y casi siempre gana,

entre hijos e hijas y madres,

las cartas están siempre marcadas.

Y yo no soy más que un espectador,

privilegiado,

que las mira y se las desea,

que casi se imagina llevando una vida así,

o una muy diferente,

escoger nunca fue fácil,

qué mal nos enseñan…

Lleva Lluvia un rato

pidiéndome que le tatúe

un tatuaje como el mío,

y yo me hago desear,

solo por hacerla rabiar un poco,

pero termino cediendo,

y sentado a su espalda,

agarro su muñeca y garabateo

las marcas de mi Vegvisir en la suya,

ese amuleto

que usaban los viejos marinos vikingos,

para encontrar el camino a casa,

enfrentaban la tormenta

riendo con la boca bien abierta,

para que si les llegaba la muerte,

Odín los pillase contentos.

Que nos pillen así a todos,

contentos en la muerte.

Arrojados bajo el árbol,

en el desolado parque,

observamos a los yonquis intercambiando

mensajes crípticos,

la trasera de los edificios de San Pedro,

Belvís y los muchachos jugando al fútbol,

Lluvia tocando las ramitas del árbol con el pie,

en lo alto del columpio.

Le echamos vistazos de vez en cuando,

y me pregunto

si no estará Mar del hígado,

al verla ahí en lo alto, recortada contra el cielo,

frágil y ligera…

Helados y otros sofás,

té, el plan y un pedo,

un dedo en el culo

y las preguntas inapropiadas de una niña deslenguada,

que si dónde te conocí,

que si cómo es nuestra casa,

que si ya vivías conmigo cuando entraste en mi vida,

que si tal y que si cual.

Y la 9 de Sigur Ros,

que no deja de sonar,

irredenta, en mi cabeza,

bipolar.

A Mar le decía,

a ratos,

que quería estar más cerca de casa,

así en genérico,

en colectivo,

porque no deja de ser una tragedia estar lejos

de los que nos soplan las alas pegadas a la espalda,

ayudándonos a volar;

una tragedia, decía, estar lejos

de donde sientes que deberías estar.

Así que agarra la mano,

que nos vamos lejos,

para aterrizar cerca.

Todo era tan fácil, claro,

como hacerse una pregunta

y responder,

que las cosas son más sencillas

de lo que parecían ser,

de lo que le parecían a aquel observador tonto

que entró a matricularse

de la vida, en Compostela.

Lluvia quiere que me quede a cenar,

y claro que me quedaría,

pero estoy agotado,

y me pregunto

cómo es que Mar no lo está.

Todavía nos da tiempo a hablar del futuro,

de ponderar las formas

de seguir

con una actitud rebelde frente a todo este artificio

que nos rodea y nos envuelve.

Diría que tan fácil como decir:

No.

O, Preferiría no hacerlo.

O quizá solo No.

No a los ascensos, a la ambición desmedida,

a lo estrecho de miras,

a lo sobrante,

a todo el plástico y todos los filtros,

a las sonrisas falsas

y los fuertes apretones de manos.

Lluvia se me agarra a la mano

mientras Mar y yo deslizamos las últimas frases,

y pienso en ti

y en aquel atardecer de Gante,

donde la dirección de las aguas,

cambió.

A César lo que es del César.

Dejamos atrás una puerta secreta,

colmada de maleza, zarza y teja,

la calle donde situé un cuento,

sobre un chico que no veía colores

y que no podía comprender el rojo,

como concepto.

Nos abrazamos, nos besamos,

y me despedí con una sonrisa.

Me gustan las despedidas felices,

las que no conciben la ausencia

de un nuevo encuentro.

Enfilé Poza de Bar,

la calle donde siempre soñé vivir,

y encontré a la puta más vieja que antes,

hablando sola,

el colegio vacío y la sala nasa abandonada

porque aquel alcalde pepetero y cocainómano;

y enfile la Carballeira y mis pasos

me llevaron por un camino

por donde nunca había pasado,

porque las ciudades nunca se descubren del todo,

ni siquiera las pequeñas de provincias,

aunque Compostela,

todo el mundo aquí lo sabe,

es el centro del universo,

el lugar donde las almas de los muertos,

que son estrellas fugaces,

se reúnen y continúan

navegando hacia la puesta de sol.

Terminé en el coche,

mientras el tráfico de la ciudad desaparecía,

y me inundó la 9 de Sigur Rós,

esa 9 maldita.

Volví a casa

como lo he hecho millones de veces

en esta vida que a veces parece

obra de teatro,

y en el camino

vi un campo de gramíneas vestido de luz,

sonreí recordando a Mar y Lluvia,

imaginando que les escribía un poema,

pensé en las putas locas,

y en los pasos errantes

que son efluvio de espíritus trémulos,

vibrátiles.

Llegando a casa, el dorado

iluminaba todo el valle,

y desde allí,

el frío era invisible.

Esperé a que terminasen los acordes,

y entonces comenzó la poesía.

 

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