En las islas del Oeste

El sabor dulce y triste de los últimos pasos (que, en realidad, no existen, nunca existieron).

La alegría del sol a destiempo: muere el verano; metáfora de idas y venidas.

Una larga calle lamida por el viento frío, la noche, algo sobrenatural.

Un paseo lleno de luz que aturde, a lo lejos las islas del oeste, centinelas en el océano.

Oeste es todo; sobre todo, belleza.

Pensar en el cometa Halley: 2062.

O en ovejas que responden a mi llamada, como si yo fuese un anacoreta…

Cascar pipas al borde de los acantilados, hablando del desarraigo.

Me gusta agarrarte cuando contemplas el abismo, tan cerca.

Una avioneta medicalizada aterriza, una camilla entra.

Tras una valla, un caballo negro y chato me mira, malhumorado.

Niñear en un triple tobogán, tus lamentos por no entender islandés, mi sonrisa.

Jamón ibérico, y queso de los Pirineos.

Heimaey, o la inocencia.

El futuro, siempre asomándose en el horizonte, siempre en negrita.

Las sugerentes calles vacías.

Nos preguntamos la función de ese edificio grande, y la de aquel, la de aquel otro también.

La sensación de echar de menos vivir aquí, aunque nunca hayamos vivido (precisamente por ello).

Misteriosos y trasnochados establecimientos: heladerías, vape shops, material de pesca, pizza.

Esa enigmática sombra proyectada en los farallones de roca ocre, entre la niebla.

Muy al fondo, mainland. Tan lejos y tan cerca.

Los glaciares, y tú dibujando callada en un bar.

Turistas que regresan de su paseo fugaz, tan superficiales, tan reconocibles.

El viento.

El fondo de una cerveza, como aquella vieja canción.

El recuerdo de una mujer dura, muy dura, tan dura, y de un hombre farrero.

Pitillos en el muelle.

El paisaje interior y exterior, casi exactamente reflejados, esa moneda cósmica que gira en el aire.

Dormir.

Surfear sobre la ceniza de nuestros días, y que nuestros pies sorban el agua de la hierba.

Una gaviota molesta que acaricia el aire con esmero.

Dibujar la metáfora perfecta.

La sangre.

Toda esa magia negra ardiendo a los pies de los faros.

Ese hombre, hecho un pincel, que va y viene en el ferry, que mira, mira mucho.

La añoranza y una marea de pájaros dándose un festín de algas.

La sonrisa de una camarera, el grito histérico de un bebé, el ronquido de una jugadora de balonmano.

Y la estela, nuestra estela, creando olas a medida que abandonamos la cala secreta.

Atrás, el pueblo silencioso.

Mientras miro el mar, imagino que se me cae el libro de Bolaño, que se funde con la espuma del océano.

Y la silueta de las islas, que se difumina transportándose al futuro

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