Aquí casi nada crece

Aquí casi nada crece,

el viento y el frío lo devoran todo,

efluvio de un monstruo sin mente

ni consciencia de sí mismo

que habita las entrañas de la tierra

de este llano inacabable

(llano es Juan Rulfo),

el llano que arde con llamas vacías.

En la Patagonia

mueren todos los horizontes,

y los polos no existen,

desaparece toda contradicción,

se esfuman hasta las vocales.

 

Aquí casi nada crece,

y el pobre matorral que se atreve,

la tímida flor, el liquen incauto,

pagan el diezmo de la anemia,

pálidos reflejos del ideal

que encierran libros ilustrados;

el humano que transita este secarral

encuentra en él el reflejo del vacío,

y se encoge, mínimo,

la piel afeitada por el viento, los ojos chinos,

imposible alzar el pecho.

 

Aquí casi nada crece,

la Patagonia es lugar de depresión reflexiva,

de cavilaciones inservibles,

pensamientos circulares,

días infinitos:

lo inútil del movimiento angular.

Este es un lugar de no estar,

un espacio de tránsito que se debe cruzar

lo más rápido posible,

pájaro sin guía pero con destino,

un espacio de sentirse solo

y sin posibilidad de caricia.

 

Aquí casi nada crece,

pero la Patagonia,

espacio vacío sin sonido,

permanece.

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