Poema de un atardecer en Humahuaca

Me siento en las escaleras.

La piedra está caliente.

Siluetas de niños en el horizonte,

recuerdo la independencia de la infancia

al escucharles apostar veinte pesos.

Rodeado de cardones,

y de sus voces,

y de la flauta que suena desde la plaza,

y del padre que bromea con su pequeño,

veo el atardecer en una Humahuaca

cada vez más vacía.

Huelo las tortillas,

el ocaso atrae al frío,

se me eriza la piel de las piernas.

Trato de transcribir el ladrido de los perros,

pero se me escapan

las emociones dispersas,

que quizá buscan la luna en el cielo.

Pero la luna es nueva.

Todos los poemas, lo sé,

son la anatomía de un instante,

el suspiro efímero de un corazón.

Escribo:

Lejos, se aprende a estar cerca;

lejos, se comprende.

La quebrada naranja tan allá,

atrapo la respiración de las casas de adobe,

un hálito que me llena,

que me enciende.

Quizá no sea un gran poeta,

pero entiendo de experimentar,

de sonreír y vivir y sentir y estar,

puede que porque conozco

el precio de la derrota

y su sabor amargo.

Por eso disfruto el doble

cuando aprehendo la belleza de un instante.

Termino tapando el bolígrafo,

cerrando la libreta,

bajando las escaleras.

Me disipo.

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