Adoquines (las calles en las que viví) – Bonus track

Chandouteiro 62

Me resulta difícil hablar de este lugar. Supongo que habrá tiempo para ello cuando sume algunas canas más. Por ahora, simplemente me basta con recordar un momento de mi adolescencia. En la parte de atrás de aquella ‘casa de campo’, había un bosquecillo de pinos y carballos. Y en una tórrida tarde de verano, corrí entre los árboles imaginándome a Arah, un misterioso guardián del bosque, al que llamé ‘aramián’, y cuya función era la de cuidar Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – XIV

Eggertsgata 24

Aquí soy nuevo, y clandestino. Definitivamente maduro, solitario, con la melancolía controlada y en proceso de optimismación. Se olvidaron, por el momento, los tiempos de escuchar música triste a muerte, a pecho descubierto, a porta gayola. Me gusta ordenar las cosas, contemplar mis libros aunque no estén todos los que son, pues la mayoría descansa en mi tierra. Observo con diversión a todos esos estudiantes universitarios que me rodean, revoloteando. A veces sigo poniendo a Sigur Rós, pero con más prudencia, sin codicia, sin Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – XIII

Laugarnesvegur 36

Llegó el bus y es como si jamás me hubiese ido. Como si quince meses fuesen un parpadeo. Aún recordaba las palabras de Daud, ¿Pero para qué os vais? Premoniciones de brujo. La casa se llamaba Nueva Chechenia, y en mi cabeza era diferente. No necesité ni cuarenta y ocho horas para palpar lo que ya intuía, que la rueda de la suerte había cambiado de diente. Entraba en una de esas rachas que a veces tienen los jugadores de baloncesto, jugándosela posesión tras posesión, y siempre acertando, a tabla, limpia, dando tres mil botes en el aro, de espaldas, resbalándose o directamente desde el suelo. Lo demás es historia. Me Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – XII

Campo da Torre 6 (IV)

Lo que esperaba al volver, quién lo sabe. Tenía mis fantasías. Mejorar algunas relaciones estropeadas. Desarrollar interesantes ejercicios de honestidad. Escribir cosas, aprender otras que llevaba tiempo postergando. Lo que finalmente aprendí se puede resumir en un: ignorar las consecuencias de los propios actos, ese es el infierno. De mi cuarta etapa en casa no salvo nada. Ni las penurias ni las enfermedades ni el desempleo ni la falta de iniciativas. Un entusiasta desilusionado. Sería grandioso que esas penurias fuesen propias,

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Adoquines (las calles en las que viví) – XI

Hverfisgata 49

La calle del Barrio Oscuro de Reykjavík fue la arteria donde latió mi sangre el primer año que pasé en Islandia. Volvía de trabajar en el restaurante cantando a pleno pulmón Lips like sugar, de Echo and the bunnymen, porque los labios de Islandia me resultaban dulces, y también La Era Punk, de Algora, porque me sentía absolutamente soberano de mi vida y dueño del mundo, viviendo una suave vida de expatriado, ajeno a las catacumbas del sur, ganando un buen dinero por dar de comer a turistas encantados de visitar uno de los países Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – X

Campo da Torre 6 (III)

Temporal es todo. Como las aguas de un río. O el alumbramiento, vida y muerte de las estrellas. Me sentó mal volver a casa porque ya no era mi casa, y porque en ese pueblo de mierda hundido en el suelo del valle, el invierno es oscuro y húmedo, lleno de amagos de inundaciones, garzas solitarias, sin amigos de los que echar mano y con la cerveza demasiado barata como para resistir la tentación de mojarse por dentro. Quizá por eso huía al piso de mi hermano en Santiago, esa ciudad amada que aprendí a odiar a causa de la tesis, haciendo yoga y yéndome de cañas por la zona vieja. Ni María ni yo sabíamos qué Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – IX

Espiñeira 4

Sombras en la caída de un sol esquivo. Omnipotente invierno, odre de lágrimas. En una repisa llena de macetas, punteo de polvo y tierra. En otra, un buda y un timelapse en una mañana de lluvia. Había, en el centro de ese apartamento, una gran poza en medio del bosque de mi pecho. Pitágoras dice, La felicidad es saber unir el fin con un principio, y en estas paredes se acabó un largo ciclo potencialmente teñible con tantos colores como un Sigue leyendo

Adoquines (las calles en las que viví) – VIII

Santo Domingo de la Calzada

Sigur Rós en la música de un anuncio de Teledeporte. Él dijo, Si estás abierto a canciones de ocho minutos, son tu grupo. Y lo fueron. El estremecimiento no se me ha marchado nunca. Lo curioso es que años antes de que me encontrase con la música de Sigur Rós en la tele, yo ya me había sentido intrigado por la portada de uno de sus discos, visto en una revista TIPO (los noventa, otra vez), Hvarf / Heim. La vida juega con uno y te da indicios que solamente eres capaz de identificar una vez ya has pasado el gran descubrimiento: que todo está Sigue leyendo