Aquel día…

“Aquel día o bosque, decepcionado, calou. Ao seguinte entoou a leda cántiga na que imita a canella do muíño. Os paxaros volveron. Ningunha árbore volveu pensar en se converter en cadeira ou aparador. A fraga recuperou de sotaque a súa alma inxenua, en que toda a ciencia consiste en saber que de canto se pode ver, facer ou pensar, sobre a terra, o máis prodixioso, o máis profundo, o máis grave é isto: vivir.”

Wenceslao Fernández Flórez, en O bosque animado.

A veces… un libro

A veces, uno pretende hablar de un libro. Y no puede. No por malo, sino todo lo contrario: por bueno. Y se queda así, casi sin palabras, tecleando nimiedades, frases que son lugares comunes, hasta terminar por reconocer la ineptitud, y soltar una cita, o una frase, o un párrafo, y cerrar el fracaso con algo de dignidad:

“Luego, mirando al horizonte, bebiendo un poco de vino amargo, llora un ratito, y vuelve a cantar: Por eso, para vivir, / tendré que echar para adentro / las anclas de mi muerte. Y el final de la canción, que Versus repite como una letanía o un rezo: al mar del que no se vuelve. Del mar no se vuelve nunca.”

Versus (estampas de un náufrago), de Karlos Linazasoro, en la bella edición de Jekyll & Jill.

 

PD. Y, sin embargo, prometo una reseña. Lo juro por mis náufragos interiores.

fiN (y principio) de La fuerza irresistible / versión 1.0

Escribes la palabra fiN, y sabes que algo decisivo acaba de ocurrir. Que ese flujo misterioso que va de tu espíritu a tus manos, y que lleva tecleando cinco meses, ha finalizado. Pero tampoco te engañas, sabes de sobra, por larga experiencia, que el viaje continúa. Y que aquella que comenzó a mediados de 2015, durante un paseo por el río, en el pueblo, mientras escuchabas La fuerza irresistible, de Delafé, no se terminaba al teclear la última de esas casi ciento treinta mil palabras. Se te vienen encima imágenes de ti mismo inclinado sobre el manuscrito, revisando una y otra vez cada una de ellas. Eliminarás muchas, tacharás párrafos enteros, por redundantes o malformados, valorarás incluso la posibilidad de suprimer un capítulo completo, girarás las frases, para terminar optando por la versión original, eliminarás verbos excesivamente repetidos, y mandarás al infierno la mayoría de esos -mente que se han colado en el texto sin ser llamados. No, al escribir la palabra fiN, sabes de inmediato que de fin, nada de nada, que esa fuerza irresistible que ata a un escritor a su obra, ni ha desaparecido ni se ha debilitado. Sino que, como todas las formas de energía, simplemente se ha transformado.

Here we go!