El día que el viento fue música

Ahora suenan las Suites, y cierro los ojos mientras el sol cae oblicuo por la ventana, arrancando destellos de la superficie trémula de mi té chai. Arrancan los acordes de cello. Música. Respiro bien hondo, noto el calor de este apartamento, refugio de almas viejas, nido de fuegos artificiales y primeras veces. Por la rendija, huelo la primavera. Las flores abiertas y su polen, flotando y quizá superando barreras oceánicas. Inundándolo todo: jaras, mentas, pensamientos y alegrías.

Me transporto.

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Amparo Poch y Gascón (Ciencia de acogida)

Texto partícipe de la exposición Ciencia de acogida, que abrirá sus puertas al público desde el próximo 27 de mayo hasta el 17 de septiembre de 2017, en Madrid.

Es práctica común en España una desmemoria selectiva que olvida determinadas figuras en la historia, como ocurrió con las Sinsombrero, las mujeres de la generación del 27, imprescindibles para comprender aquel boom literario pero solo recientemente recuperadas para la memoria popular. Los motivos para que una figura sea excluida de la lista son variopintos, pero suelen incluir ser mujer y de izquierdas. La lista es tristemente larga, e incluye figuras de una importancia capital como el caso que me ocupa, el de la zaragozana Amparo Poch y Gascón.

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La lombriz y ese poder superior que no comprendemos

Al final de la senda que conecta la base del parque natural Skaftafell (Sur de Islandia) con la cascada Svartifoss (la cascada oscura), el camino deja de ascender y cae entre cascotes de piedra ocre hacia la oquedad donde se encuentra la caída de agua, un fino y delicado chorro que se despeña entre alineadas columnas de basalto. Mis padres, unos metros por detrás, recuperan el aliento de la subida observando con desconfianza el cielo negro, que anuncia lluvia. A nuestras espaldas, la llanura gris plateada de

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El gusanito y el niño: sobre la importancia de un gesto

Estás en el andén, rodeada de otras personas que detrás del cordón de seguridad se acaban de despedir. Como tú. En tu rostro algo desencajado miras la superficie reflectante y oscurecida de la ventana, tratando de descubrirme, sonriendo, saludando con la mano y llevándotela al pecho desde tu rostro de luz, mirando, buscándome con los ojos tan abiertos. Diciéndome Te quiero como una mimo de belleza insuperable, me dices Te quiero con esos labios que acabo de besar por última vez hasta dentro de cincuenta días, o más. También mi rostro está desencajado, pero no puedes verlo, y Sigue leyendo

El final que quiero imaginar

La promesa alargada en el tiempo, esa entidad relativa y llena de facetas; desde los besos de aquel verano que, súbitamente, fue invierno. Y ahí estoy yo, parado sobre las rocas del espigón de Landeyjahöfn, a la izquierda la terminal solitaria y muerta del ferry; ahí estoy, enfrentando el perfil de las Vestmanneyjar. La idea había sido encontrarnos aquí cuando tú estuvieses a punto de cumplir los cuarenta y yo todavía tuviese cincuenta, ese breve lapso que va de finales de enero a mediados de marzo, y en los que en lugar de once años, aparenta que solamente nos llevamos diez. La bella inocencia. Creo que Sigue leyendo

La puerta de al lado es mi puerta

La intro de Californication, la serie de la que enamoré hace más de diez años, y que todavía no me aburre ni se me despega. He ahí la concatenación de imágenes: Moody tapándose la cara con una crítica literaria; Karen y Becca jugando en la playa; un avión dando marcha atrás en el cielo; las hojas de una novela arrastradas por el viento. Sí, abuso de filtros y un relato deslavazado. En muchos casos, tópico. Pillo los trucos de magia, yo mismo los he usado tantas veces…: bomba de humo que todo lo soluciona. Hank es ya un amigo, e incluso sin compartir con él nada más que un amor inventado por Bukowski, le quiero.

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No quiero estar en esa fiesta

No, no quiero estar en esa fiesta, por eso decido marcharme. Afuera, descubro que estoy en Caldas, luz naranja de farola, y que me he dejado el abrigo en la fiesta. Lo cual resulta, repentinamente, inverosímil, que me lo haya dejado en un día de tanto frío, así que doy media vuelta y regreso, pero para cuando me giro me encuentro en un lugar oscuro, las coordenadas cambian y trato de moverme, buscando el armazón de madera que abraza mi Sigue leyendo

Crepitar

Crepita la olla en la cocina. Estás haciendo sopas de ajo, y ese aroma tan peculiar impregna el aire y se pega a los cristales de las ventanas, por donde entra el sol de una mañana de sábado, ya primavera. Afuera, es Reykjavík, es Buenos Aires, es Carnota, es Ciudad del Cabo, es Salamanca, es cualquier lugar. Los niños trastean en su habitación, discutiendo de alguna trascendental temática infantil. Un rumor medio histérico que comanda Bára, la mayor, y que los mellizos siguen a pies puntillas. El carisma del hermano mayor. Escucho Sigue leyendo

Mi amigo Ramiro

A mi amigo Ramiro, nacido en un pueblo fronterizo de Ourense con Zamora llamado A Mezquita, le conocí en Salamanca, a donde había emigrado a principios de los setenta. Al contrario que muchos compatriotas suyos, míos, que prefirieron hacerse las Alemanias o buscarse la vida en Barcelona, Ramiro se casó con una charra que le volvió loco mientras hacía la mili en Valladolid, y pensó que lo mejor era no apartarla de su tierra. Y como buen gallego, montó un bar en el barrio del Oeste, un bar de esos en donde las botellas de Chivas y Cacique acumulaban tanto polvo como los parroquianos sobre sus hombros. A mí, tantos años más tarde, el bar me pareció hortera, rancio, pero Ramiro lo cuidaba con devoción santa, y conocía a todos sus clientes por el nombre, sabía qué bebían dependiendo de la hora del día en que pisaran el bar o de su estado de ánimo, y aunque era brusco con ellos, a la manera en que lo eran los hombres nacidos en aquel tiempo, sus palabras desprendían un cariño enternecedor.

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En Casa Vilas

Egmont, Op 84, Beethoven. Afuera, la nieve devora Vesturbær. Algunos coches se detienen un momento delante de la famosa heladería, pero todavía no ha abierto. De un Qasqai desciende un hombre como quien desciende de un módulo espacial, se queda plantado ante la puerta, decepcionado, y esa decepción visible en sus hombros coincide con el repunte de Beethoven, a los dos minutos y medio de comenzar, echando mano de unos violines que a mí me suenan afilados. Drama de guerra.

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