Y el sur

Delafé, y el sur

Mar,

victoria,

tus ojos, mis ojos;

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Para entendernos (o no)

Una mujer awá se muere de tuberculosis

en el interior de Brasil

mientras viajamos a donde termina

la carretera,

un lugar misterioso

(mágico, oscuro)

llamado Árneshreppur.

Allí viven un puñado de personas,

aisladas,

donde las antenas mueren

y la calma despierta la aprensión.

A veces, me asusta el silencio,

me hace escuchar

el murmullo de mis pensamientos más hondos;

un mar gris acero

que se funde con el cielo,

una piscina de agua caliente

bajo el vuelo de las gaviotas.

Esa mujer que muere,

tan lejos de aquí,

me permite,

entrar dentro de esa necesidad de aislamiento,

de por qué alguna gente lo busca

para escapar del barullo,

tan inútil, e innecesario

que brota de todas partes

en este mundo que llamamos Primero.

Sin embargo,

ahora mientras escribo,

unos días más tarde,

bajo el orballo que matiza el cristal,

distingo el tráfico de la ciudad,

el tecleo de mis dedos,

el zumbido del aire acondicionado,

los aparatos del laboratorio,

pintando el cielo,

el helicóptero de emergencias.

Y aunque me siento en paz,

mi corazón regresa al norte,

a esa aprensión que tiene mucho de pasional,

a esa necesidad de caminar por el alambre,

o el vacío,

de encontrarse con uno mismo.

Allende ambiciones impuestas,

convencionalismos varios,

miradas que no son mías,

puras mentiras,

no me cabe duda

que estamos aquí para entendernos,

para ser gentiles

y profundos,

no para perdernos en pantallas

mientras el tiempo pasa sin darnos cuenta,

la vida cubriéndose de una capa

de insustancialidad.

Tan lejos, en el interior de Brasil,

muere la anciana awá,

devorada por el monstruo no llamado de Occidente.

Vivos tan vivos, que mueren,

vivos que viven tan muertos:

inercia.

 

Intuyo con un pálpito,

que este poema encierra una realidad

solo en parte comprensible.

Pero sigo buscando.

 

PD. La mujer se llamaba Jakarewyj.

 

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