Tres clásicos: Kadaré (y III)

De viaje por los sueños (totalitarios)

Por último, llegó a mis manos (virtuales) una obra que, quizá sin ser considerada todavía un clásico, es de las más laureadas del aún vivo Ismaíl Kadaré: El Palacio de los sueños. El autor albanés, uno de esos eternos candidatos al Nobel que, quizá por no escribir en inglés, jamás recibirá, permanecía en mi lista de pendientes desde hacía tiempo, he de reconocer que más por su exotismo que por otra cosa. A veces, las lecturas surgen de esa forma. Un día, descubres a un autor en una librería, así como de pasada, lees la sinopsis Sigue leyendo

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Tres clásicos: Steinbeck (II)

Ratones planos

Después del clásico de Delibes, caí en De ratones y hombres, de John Steinbeck, publicada en 1937, once años que La sombra del ciprés es alargada. ¿Por qué Steinbeck? Por un lado, en la celebración del centenario de la revolución rusa, su Diario de Rusia ha salido a colación en algún que otro artículo, igual que el de su autor; y por el otro, en alguna parte encontré una referencia a la película basada en De ratones y hombres (1992). A los clásicos yanquis, quizá por su preeminencia, me acerco con la sospecha detrás de la oreja. Como mencioné unas líneas más arriba, obras como El lamento de Portnoy o El guardián entre el centeno, me decepcionaron ampliamente, y lo encumbrado al otro lado del Atlántico no tiene por qué ser, necesariamente, obra maestra. En todo Sigue leyendo

Tres clásicos: Delibes (I)

Clásicos. Sin entrar a indagar qué convierte a una obra en un clásico, lo cierto es que para el lector pertinaz, los así llamados desprenden una luz peculiar. Uno no sabe muy bien de dónde procede, si bebe exclusivamente de aguas literarias o hay algo más en el juego (politiqueo, amiguismo, coincidencia). A quien esto escribe, esa luz, ese esplendor, no le ciega. Aunque algunos clásicos me deslumbraron, a otros los encontré faltos de interés o con graves carencias. Me pasó con El lamento de Portnoy, de Philip Roth, o con el para mí decepcionante El guardián entre el centeno, de J. D. Sallinger. A veces, trato de convencerme de que quizá no abordé la obra con el ánimo necesario, o que me falta experiencia lectora para según qué obra. Por ejemplo, El Aleph, de Jorge Luis Borges me dejó frío, y sigo convencido de que no le leí en el momento adecuado. Aunque una Sigue leyendo

La mirada de los peces, de Sergio del Molino

(también publicada en Hablando con letras)

Qué difícil me ha resultado sentarme a escribir sobre La mirada de los peces, de Sergio del Molino. Recuerdo que también me costó con La España vacía, un ensayo sublime sobre ese espacio interior seco y casi muerto del estado español. Quizá se trate de algo de su forma de narrar; quizá cierta incapacidad de quien escribe (más que probable).

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Esta canción me recuerda a mí, de Joe Pernice

(también publicada en Hablando con letras)

Bendita literatura, que nunca se nos agota (aunque agoreros de toda clase aludan con frecuencia al apocalipsis). Hace unos días, pensaba con cierta preocupación sobre la mala suerte que tendría la siguiente novela en mi lista de lectura, mientras terminaba la colosal Solenoide, de Mircea Cărtărescu (que ni por asomo me atrevería a reseñar, todos tenemos nuestro límite). Equiparable a tocar en un festival después de Neil Young. Rebusqué en mi reducida biblioteca norteña, y encontré un volumen de Blackie Books que esperaba su turno: Esta canción me recuerda a mí, de un tal Joe Pernice. Que no solo ha logrado destacar a pesar de tocar después del autor rumano, aspirante al premio Nobel, sino que con su prosa fresca, deslenguada y directa, ha supuesto todo un bálsamo tras la tarea titánica de leer la ópera prima de Cărtărescu. A la novelita de Pernice llegué, por cierto, por recomendación directa de los libreros de la librería Cascanueces, en A Coruña, tras la presentación de mi primera novela. Tratándose de un blackiebook, no me cabía ninguna duda de que la calidad estaba garantizada.

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Un viaje familiar: reseña de Bilbao – New York – Bilbao, de Kirmen Uribe.

(también publicado en Hablando con letras, aquí)

Al enfrentarme a las primeras hojas de Bilbao – New York – Bilbao, de Kirmen Uribe, me atrapa una sensación familiar, que resuena como un eco con mi ascendencia emigrante. No tanto por el fenómeno de la emigración en sí, sino por el viaje personal que el autor vasco narra a través de toda su historia familiar, y que le hizo acreedor del Premio Nacional de Narrativa de 2008, en su debut como narrador.

Bilbao – New York – Bilbao transcurre en un vuelo entre ambas ciudades, a lo largo del cual Uribe desarrolla una narración en primera persona poblado de retazos de su historia familiar, recuerdos, cartas, poemas, documentos legales, anécdotas, historias de la tradición oral vasca, e-mails e incluso mensajes de Facebook, todo como parte de la investigación de una futura novela. Crea, de ese modo, un artefacto híbrido que es y no es una novela. Protagonista de su propio experimento, Uribe divide la obra en capítulos que marcan diferentes localizaciones geográficas por donde pasa el avión, pero esta división es ficticia, casi arbitraria (e innecesaria), pues el texto se ordena a la manera de un gran árbol, con un tronco central del que emanan ramas mayores y menores, conformando una fractalidad en la que, por momentos, es fácil perderse. Así, la historia va y viene sobre diversos motivos recurrentes, como el cuadro de Arteta, la triste historia de su padre o la del abuelo nacionalista pero también franquista, también historias de marineros y sus barcos, de islas perdidas en mitad del Atlántico. En realidad, todas estas historias secundarias giran en torno al proceso de búsqueda de sentido familiar de Uribe, personaje-autor y principal elemento cohesionador de una obra tan fragmentaria. Sigue leyendo

Comentario sobre estilo

A continuación, un comentario sobre estilo, a partir de este texto de John Houston:

Más que identificarme con sus palabras o estar de acuerdo (o no) con ellas, en realidad me resuenan un par de sensaciones que Houston menciona en su texto. La primera, descrita así: “Yo no me veo a mí mismo como un realizador con un estilo propio. Me han dicho que lo tengo, pero no lo percibo.” Tampoco yo encuentro en mis textos un estilo propio o reconocible, más allá de determinadas expresiones concretas o palabras por las que siento una apetencia singular. Reconozco mis habilidades, intuyo conscientemente (parte de) mis defectos y, desde luego, enfoco la escritura de una manera singular, pero no creo tener un estilo. Sin embargo, igual que a Houston, otros me han dicho que lo tengo, usando frases como “este texto es muy tuyo, muy de Ernesto”. Pero, ¿en qué detectan mi estilo? La segunda, casi al final de su texto: “La idea de dedicarme por entero a una única ocupación en la vida es inimaginable para mí” resuena mucho conmigo. Me resulta casi imposible permanecer un día entero delante de la pantalla, estar concentrado en un texto más de una hora es extenuante. Esa forma de pereza, me genera la sensación de que jamás llegaré a ser un gran escritor por carecer de la dedicación, la intensidad, la absorción, de las grandes firmas. Porque a mí, como a Houston, también me interesan muchas cosas. Me interesa la ciencia, leer y descubrir los nuevos mundos de otros ojos, viajar a cualquier parte, me interesa respirar, experimentar, conocer personas y contar sus vidas, pero sobre todo, conocerlas; y pasar un día entero dentro de casa se me hace demasiado cuesta arriba porque siento que me estoy perdiendo algo. Así que, a ese respecto, concuerdo también con Houston. Y volviendo al estilo, me da la impresión de que siempre es algo que se siente en los demás, pero no en uno mismo, que bebe de mil fuentes distintas, de forma inconsciente en muchos casos, expresando la forma singular en la que cada ser humano siente el mundo.

 

Una manera algo rebuscada de hablar de La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie

Estoy a puntito de terminarme La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie. Me faltan cuatro o cinco páginas que me voy a reservar para la noche, cuando la oscuridad nórdica me abrigue y mi paladar literario esté libre de noticias de actualidad, artículos y demás textos con los que a veces nos bombardeamos quizá inútilmente. Bien se dice que la sabiduría no procede precisamente de la acumulación de conocimiento sino del uso que hacemos del mismo. De manera análoga, escribir no es lo mismo que hacer literatura.

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Espacios solitarios: La ciudad solitaria, de Olivia Laing

Vuelo Reykjavík – Madrid. Afuera, el frío de las alturas: sol y nubes. Viajo a España porque mi abuela se muere, lo cual también es una forma de literatura. Huyo de mi moleskine, junto a la bolsa de mareo y el folleto de publicidad de la compañía aérea, porque no quiero escribir este momento, y me sumerjo sumiso en las últimas páginas de La ciudad solitaria, de Olivia Laing (Capitán Swing), un tratado escalofriante sobre la soledad.

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Un hombre enamorado… ¿de sí mismo? // Knausgård: Mi lucha 2

De Knausgård hablé por primera vez hará cosa de un año, tras leer la Mi lucha 1: La muerte del padre. Por entonces, me enfrenté al fenómeno literario de Mi lucha con ciertas dudas, y terminé con una mezcla de enamoramiento y desconfianza. Enamoramiento porque Karl Ove Knausgård (1968) escribe muy bien, rematadamente bien; desconfianza porque, ya entonces, intuía un algo de posible timo en su empresa de más de 3500 páginas. Así, a lo En busca del tiempo perdido.

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