Esta canción me recuerda a mí, de Joe Pernice

(también publicada en Hablando con letras)

Bendita literatura, que nunca se nos agota (aunque agoreros de toda clase aludan con frecuencia al apocalipsis). Hace unos días, pensaba con cierta preocupación sobre la mala suerte que tendría la siguiente novela en mi lista de lectura, mientras terminaba la colosal Solenoide, de Mircea Cărtărescu (que ni por asomo me atrevería a reseñar, todos tenemos nuestro límite). Equiparable a tocar en un festival después de Neil Young. Rebusqué en mi reducida biblioteca norteña, y encontré un volumen de Blackie Books que esperaba su turno: Esta canción me recuerda a mí, de un tal Joe Pernice. Que no solo ha logrado destacar a pesar de tocar después del autor rumano, aspirante al premio Nobel, sino que con su prosa fresca, deslenguada y directa, ha supuesto todo un bálsamo tras la tarea titánica de leer la ópera prima de Cărtărescu. A la novelita de Pernice llegué, por cierto, por recomendación directa de los libreros de la librería Cascanueces, en A Coruña, tras la presentación de mi primera novela. Tratándose de un blackiebook, no me cabía ninguna duda de que la calidad estaba garantizada.

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Algún día…

… me atreveré a escribir la otra cara de este video, en el que los ojos de esas mujeres (entre ellas, mi madre) cuentan mucho más que sus palabras; esa cara menos bonita y publicitaria, la llamaré, La cara B de una vida. Al tiempo.

Orgullo de mi madre

#DíaDeLaMujer

Un viaje familiar: reseña de Bilbao – New York – Bilbao, de Kirmen Uribe.

(también publicado en Hablando con letras, aquí)

Al enfrentarme a las primeras hojas de Bilbao – New York – Bilbao, de Kirmen Uribe, me atrapa una sensación familiar, que resuena como un eco con mi ascendencia emigrante. No tanto por el fenómeno de la emigración en sí, sino por el viaje personal que el autor vasco narra a través de toda su historia familiar, y que le hizo acreedor del Premio Nacional de Narrativa de 2008, en su debut como narrador.

Bilbao – New York – Bilbao transcurre en un vuelo entre ambas ciudades, a lo largo del cual Uribe desarrolla una narración en primera persona poblado de retazos de su historia familiar, recuerdos, cartas, poemas, documentos legales, anécdotas, historias de la tradición oral vasca, e-mails e incluso mensajes de Facebook, todo como parte de la investigación de una futura novela. Crea, de ese modo, un artefacto híbrido que es y no es una novela. Protagonista de su propio experimento, Uribe divide la obra en capítulos que marcan diferentes localizaciones geográficas por donde pasa el avión, pero esta división es ficticia, casi arbitraria (e innecesaria), pues el texto se ordena a la manera de un gran árbol, con un tronco central del que emanan ramas mayores y menores, conformando una fractalidad en la que, por momentos, es fácil perderse. Así, la historia va y viene sobre diversos motivos recurrentes, como el cuadro de Arteta, la triste historia de su padre o la del abuelo nacionalista pero también franquista, también historias de marineros y sus barcos, de islas perdidas en mitad del Atlántico. En realidad, todas estas historias secundarias giran en torno al proceso de búsqueda de sentido familiar de Uribe, personaje-autor y principal elemento cohesionador de una obra tan fragmentaria. Sigue leyendo

El pozo (VIII): Mi drama privado con The Cure

Corría el año 2003. Acababa de terminar mi segundo año de universidad, y cegado por la luz, el calor y mis olvidadas taquicardias, disponía de unas bellísimas entradas para ver a Muse en el Monte do Gozo (Compostela), en los así llamados Conciertos del Nuevo Milenio. Los británicos, que venían de presentar su rotundo Absolution (visto con perspectiva, su último gran disco, formando un trío legendario con Origin of symmetry y Showbiz), y compartían cartel con unos tirillas del difunto brit-pop, Starsailor, y con dos gigantes de la historia de la música: Lou Reed (que sustituía a un David Bowie lesionado en un ojo tras el lanzamiento de un chupachups en un concierto en Italia -literal) y The Cure. En lugar de tirarme flores, recurriré a la sinceridad: a lo que yo iba a era a ver a Muse y, en menor medida, escuchar el único single que conocía de Starsailor, Silence is easy. Por Lou Reed no sentía más que cierta curiosidad a causa de su categoría de leyenda, y de The Cure había escuchado un puñado de canciones que, eso sí, me encantaban.

El lugar, algo desolado en el vespertino concierto de Starsailor, estaba a reventar para cuando empezó Muse, cuyo concierto fue pura épica, con trallazos como Hysteria o Time is running out que hicieron saltar a las treinta mil personas que se habían reunido allí. De hecho, la intensidad fue tal que repetiría con Muse un par de veces en los siguientes años, la última, 2008.

A continuación, le llegó la hora a Lou Reed, ya en aquel 2003 leyenda viva del rock. Los reportajes de la época hablan de concierto flojo y con mal sonido. En su descargo, decir que venía a sustituir a David Bowie, casi en el último momento, pero el concierto fue soso, repetitivo, y Lou Reed apenas se movió del sitio en las dos horas y cuarto que duró el tema. Hoy, adorador absoluto de canciones como Satellite of love y, especialmente, Who am I?, siento un profundo desprecio por el yo que atendió con desencanto al concierto de Lou Reed y pensó: Pues menuda mierda. Uno no puede borrar su pasado, solo entenderlo y aceptarlo.

A mi novia de entonces, que no sentía demasiado interés por la música de ninguno de los grupos de la noche, se le había levantado dolor de cabeza con el concierto de Lou Reed, y tenía más ganas de irse que de meterse entre pecho y espalda un concierto de The Cure. A mí, los de Robert Smith me llamaban la atención, y quería sacarme de la boca el bajón del concierto de Lou Reed. Ella insistió en marcharse, yo me enfadé y cedí, así que nos fuimos al hotel. Aquella noche terminó bastante mal, pero esa es otra historia. Perder a The Cure en aquella noche de verano de 2003 decía mucho de los estertores agónicos de una relación moribunda, más que de mi afición por unos incombustibles The Cure, que a partir de entonces se convirtieron en materia de reproche y objeto de culto. Profundicé en su discografía comenzando por un Greatest hits de rebaja, que me compré en las hoy (bien) muertas tiendas de discos de Compostela, y me los ponía a todas horas.

Se habían convertido en una de las cosas más peligrosas de un universo musical personal: una cuenta pendiente.

Pasó a la historia aquella novia, llegó otra, que compartía mi gusto por The Cure y también las ganas de verles. Terminamos la carrera, y en el tránsito entre esta y el máster que íbamos a cursar en Barcelona, supe que a los pocos días de aterrizar en Catalunya, tocaban The Cure en el Palau, y me gasté los eurazos en dos entradas. Todo me daba igual, comenzaba una nueva etapa en mi vida e iba a sacarme la espinita de 2003. Atrás quedaba la agotada Compostela, familia y amigos, aquí estaba en una nueva ciudad, un nuevo espacio a descubrir. De pronto, me sentía (ridículo) muy adulto y cosmopolita, por poco dinero que tuviese en una carísima Barcelona pre-crisis. Como escritor, además, me decía que no importaba si no me ocurrían cosas épicas, que me las podía inventar perfectamente, y todos contentos (lo siento, la autoficción no existe, todo es mentira, en cierto modo).

Lo cierto es que el máster, yo no lo sabía, era de tarde y parte de sus clases se solapaban con el concierto. Además, le hecho de vivir en un pueblo del extrarradio nos obligaba a perder todas las clases de ese día. El director del máster había amenazado, con mucha efectividad, que la asistencia era obligatoria y que la falta injustificada se castigaría con el suspenso. Mi novia tuvo dudas, y permití que me las contagiase. Si es que no es más que un concierto. Puedes verles en otra ocasión. No vamos a suspender un máster por The Cure, que fueron casi seis mil euros la broma. Así que, resignado, renuncié al concierto y vendí las entradas por internet. Más adelante, por supuesto, supe que no habría pasado nada por saltarse unas clases, que la advertencia del director tenía más de intimidatoria que de ejecutora, que aquel concierto perdido multiplicaba mi drama personal con The Cure. Me dije, Cualquier día se me muere Robert Smith.

Esto fue en 2008. Hoy, diez años más tarde, el alma de The Cure sigue vivito y coleando, drogándose a los dos carrillos y dando eternos conciertos de tres horas. A mí, en cambio, el tiempo me ha cambiado la perspectiva, y no he vuelto a intentar comprar entradas para verles en directo. Quizá ocurra, quizá no, ya no es algo que me preocupe, porque los años han empujado el furor inicial por su música a un segundo plano, y porque, he descubierto, hay fantasías que merece la pena conservar y no cambiarlas por una experiencia real.

Amor para todos

 

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